La intimidad balanceada en la pareja

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Puede que la palabra intimidad te haga pensar en la imagen de una pareja dentro de su habitación, sobre la cama, disponiéndose a tener sexo. Es de las imágenes más íntimas que tenemos, por eso cerramos la puerta y no queremos ser interrumpidos. Sin embargo, la intimidad sobre la que planeo referirme en este artículo hace referencia a un concepto mucho más amplio, y a la vez la piedra angular de una relación.

Empezaría por decir que una “relación íntima” es aquella en que podemos ser quienes somos, y se permite al otro hacer lo mismo, por lo cual, como resultado, estamos “conectados”. Retomo aquí la definición de la terapeuta Harriet Lerner, quien pone el énfasis en que “ser quién somos” requiere que podamos hablar abiertamente sobre las cosas que son importantes para nosotros, que podamos tomar una posición clara en la cual pararnos ante los problemas emocionales importantes, y que clarifiquemos los límites de lo aceptable y tolerable para nosotros en una relación. Y “permitirle al otro hacer lo mismo” significa que podamos permanecer conectados emocionalmente a la otra parte (mi pareja), quien piensa, siente y cree de manera diferente a la mía, sin necesidad de cambiarlo, convencerlo o ajustarlo.

¿Qué tal el reto? Cuando me detengo y lo vuelvo a leer pienso que debería imprimirlo en tamaño poster y pegarlo a la puerta de la habitación, para leerlo como un mantra cuando en nuestra “intimidad” quiero “cambiar, convencer o ajustar” a mi pareja!

LA DANZA BALANCEADA DE LA INTIMIDAD

Es una danza entre el YO y el NOSOTROS, y es una danza muy compleja. Lerner plantea que “una relación íntima es una en que ninguna de las partes silencia, sacrifica o traiciona su YO y cada parte expresa fuerza y vulnerabilidad, debilidad y competencia en una forma balanceada” (Harriet Lerner). Suena maravillosamente complicado. ¿Cómo tener una forma balanceada en las emociones dispares de dos personas? Creo que nos toca retar la idea de lo que es el balance. El balance no es un punto muerto, estático, no es el punto fijo o eje de una rueda. El balance de todo aparato, ser viviente, o sistema humano consiste en un movimiento dinámico. Tu organismo está balanceado si ingiere alimentos y excreta deshechos, si inhala oxígeno y exhala dióxido de carbono, nuestro corazón está balanceado si mantiene el ritmo de apertura y cierre de sus válvulas. Así sucede con todo lo demás, en todos los planos que componen nuestro mundo. El balance es una cosa que respira, que vive; es dinámico. Para obtenerlo tenemos que estar perceptivos de la situación, el ambiente y los otros a nuestro alrededor. Tenemos que mantener flexibilidad y agilidad, para que podamos ajustarnos rápida y calmadamente de un momento al siguiente. El balance es el resultado de práctica.

ANSIEDAD Y REACTIVIDAD

Pero aquí viene otro problema; “ajustarnos rápida y calmadamente”. Si nuestra meta, como señala Harriet Lerner en su libro “The Dance of Intimacy”, es “tener relaciones donde ambos, hombre y mujer, no operen a expensas de su YO, y tener un YO que no opera a expensas del otro”, ¿cómo no va a sobrevenir ansiedad tratando de mantener la relación y a la vez mi mundo personal? Los límites pueden sentirse como barreras y las formas en que cada uno lidia y afronta los problemas o las emociones son diferentes, la misma idea que cada uno trae sobre cómo debe ser una relación es personal y cargada de historia. La ansiedad por sostener el amor y a la vez no perdernos es todavía más presente hoy en día debido a nuestra cultura que valora cada vez más la individualidad. Y el impacto inicial de la ansiedad en una relación es siempre el de una reactividad incrementada.

La reactividad es una respuesta automática, nos dejamos llevar por nuestras emociones sin la habilidad para pensar sobre lo que deseamos expresar o por qué estamos sintiendo lo que sentimos. La reactividad es ese piloto automático que nos va a jalar hacia nuestro lado del ring. O tal vez el piloto automático que nos hace subirnos al ring de boxeo muy prontamente ante las diferencias con mi amado(a). Perdemos toda la objetividad para pensar en nuestro YO. Puede que sinceramente querramos que las cosas se calmen y tener una conexión más íntima con el otro, pero seguimos haciendo lo que siempre hacemos, lo cual nos lleva a más de lo mismo.

Por esto, el comprender nuestro estilo individual de navegar el estrés en una relación es muy importante, puesto que lo tendemos a repetir incluso más intensamente en un campo emocional ansioso.

POLARIDAD VS. INTIMIDAD

Ir al núcleo de la ansiedad es clave porque está más que comprobado que seremos menos exitosos manejando un problema (cualquier problema) si lo hacemos desde un lugar de intensidad y reactividad. Trabajar en mantener baja la ansiedad en la relación tiene que ser una prioridad de ambos, debido a que la ansiedad lleva o dispara la reactividad y la reactividad lleva a la polaridad. ¿Qué es esto? Simple! El juego del gato y el ratón! “Todo lo que él hace es distanciarse, y todo lo que ella puede hacer es perseguir”. Y la polaridad es la enemiga de cualquier conexión íntima.

Al tener una relación en donde la ansiedad no sabotee la intimidad, logramos que la conexión emocional con la pareja cada vez sea más fuerte, sólida, estable, y en esa unión estable, en donde cada uno puede ser quién es con el otro, y sentirse amado, valorado, libre a la vez que acompañado, es ahí en donde se crea esa especie de equipo bien compenetrado que puede afrontar el mundo, construir familia, superar cambios en la libido sexual, en la salud, en la juventud del cuerpo, en las finanzas, en la educación de los hijos, en los lugares para viajar, en las relaciones con las familias de origen, en las metas laborales. Todo lo que pasa durante el ciclo vital de una pareja puede sobrevivirse si cada uno ha explorado las fuentes de sus ansiedades, asume su responsabilidad y realiza un compromiso por encontrarse en el medio, un “medio” dinámico dentro de un entorno amoroso, pues solo en movimiento la rueda está en balance y por tanto gira estable.

Por Emma Sánchez

Crear un “Nosotros” poderoso. Un baile de coordinación

“No hay otro equipo humano que contenga la riqueza de espacios vivenciales y conductuales como el mundo de pareja. Resulta coherente, entonces, que aun cuando sea una aventura de alto riesgo, igual nos aventuremos. Hay rocas, hay grietas, hay caídas y dolores. Pero si lo logramos, la fuerza que adquiere esa díada no es comparable a equipo humano alguno, y los niveles de excelencia que alcanza en los espacios de acoplamiento son también excepcionales. La increíble potencia de la relación”. (Coddou y Méndez, La aventura de ser pareja)

Las personas seguimos insistiendo en formar pareja a pesar de que cada día más parejas se separan. Continúa siendo poderosa la necesidad del amor y del amor que se vive de cierta manera: la de la conformación de un núcleo de dos que se acompañe en los avatares de la vida. Y creo que en gran medida esto sigue sucediendo porque el ser humano encontró en esta configuración algo muy poderoso, algo que reproduce el vínculo esencial que le permite desarrollarse. Sé que, como todo, la manera en cómo entendemos lo que es ser pareja también se va transformando y es objeto de continua revisión, pero el interés y deseo de construir un vínculo con otro, que prime en el tiempo y que satisfaga algunas necesidades emocionales muy importantes que tenemos como individuos, persiste en nosotros y es motivo de las más grandes alegrías así como de los más intensos sufrimientos.

La cuestión es que crear una relación de pareja implica la coordinación desde un “nosotros”. La relación de pareja es una elección de compromiso que se espera se realice desde la emoción del amor, con un otro con el que se desea crear un equipo para toda la vida. Y además, se espera que sea un par, alguien con quien no se den dinámicas de dominación ni de sumisión. Pero este equipo, como todos, tiene una secuencia de coordinaciones integradas y la misma relación requiere que sus miembros le estén dando forma continuamente, llevándola a nuevos niveles.  

Ahora bien, el proceso de acople (y desacople) con el co-equipero de la pareja es un proceso que siempre me ha parecido muy interesante, y que como mujer he vivido (y sufrido) de variadas maneras, y como terapeuta he escuchado las más inimaginables formas. Están desde las parejas para las que el acople y enamoramiento fue instantáneo en ambos y como un torbellino intenso en que las piezas parecieron encajar perfectamente. Están las que alguno de los dos quería acoplarse al otro en un ritmo diferente, con un nivel de intensidad diferente, los no correspondidos, a los que los miedos les hace zancadilla, etc. Y sin embargo, las características del proceso inicial de acople no son garantes de un resultado exitoso o frustrado de la relación de pareja. Es decir, no se separan menos las parejas que se acoplaron instantáneamente o se separan más las que tuvieron dificultades iniciales; en muchas ocasiones incluso es al contrario, pues las del segundo grupo pudieron haber aprendido a conocerse realmente mucho más rápido en las dificultades y por tanto crear una mejor coordinación.  Es interesante porque qué más deseado que un acople perfecto, inmediato y además inolvidablemente intenso. Ay! Cómo nos gusta esa especie de vida telenovelesca, de cuentos de hadas, de media naranja. Cómo nos encantan los actos de perfección, tanto como los de magia.

Pero y cuando tengo ganas de comer y el otro no tiene hambre; cuando tengo frío y el otro está acalorado; cuando me gustan las películas francesas y el otro quiere ver hollywood! Y no solo es es la perfección del acople en el baile con el otro; en el “baile relacional”, no es la sorpresa de ser tan distintos. Sino que además quiero que el otro sepa sin tener yo que decir nada. ¿No nos dijeron que era así el amor verdadero? O sea, un salto en el vacío. Desde la perfección del acople me surgen ganas de un salto mortal, como dicen Coddou y Méndez, dos terapeutas de pareja chilenos: “espero que el otro se me meta para adentro y sepa lo que yo quiero, pienso, me gusta, me disgusta. […] Pero si le digo… no es gracia. Si no sabe, si no se ha dado cuenta, no me quiere lo suficiente. Quiero a otro mago”. Esta especie de adivinación del pensamiento que queremos en la pareja, obedece a una añoranza infantil. Piénsenlo y verán que se parece al deseo de tener una madre que reconoce si el sonido de su bebe es de hambre, cólico, sueño, mamitis, o caca. Esperamos que la pareja interprete el lenguaje analógico (corporal, de acción) con la precisión del digital (verbal), y como bien lo señalan estos terapeutas; “sin cordón umbilical!”. Y así andamos creyendo que amar y ser amad@ implica que el otro me mira y me sabe y me lee, como si la vida pudiera ser un acople espontáneo, y el amor un acto de perfección.

Pero a ver, hagamos un duelo a esa idea y desprendámosla de la misma raíz que nos tiene enfermos en todos los ámbitos de la vida. Queremos ser sin mancha, perfectos, vivimos inseguros de nuestros pasos, queremos el trabajo soñado, que se acople, las relaciones de amistad y familiares perfectas, y no nos hemos dado cuenta que tal vez lo maravilloso del amor es el vértigo del cambio posible, el no saber. “¡Donde había un amarillo de repente aparece un morado!”. Pero el respeto a lo misterioso es la cosa más desconocida que tenemos como sociedad; es más, el respeto a mi propio misterio. Puede que hoy tenga ganas de contarte de mí, de dejarme llevar por mis ensoñaciones de futuros posibles, de mis emociones hacia ti, y ayer estaba en silencio, solo tuve monosílabos mientras preparaba el café y el desayuno. El cambio mío y el cambio tuyo se vuelven un objeto misterioso que nos da pavor. ¿Por qué hoy amaneció tan callado mientras que anoche no paraba de hablar?. Pero, ¿y si ambos nos invitamos en nuestros cambios, yo te pido, tu me pides?. ¿Si asumimos que al estar juntos iniciamos todo el tiempo caminos desconocidos?, tan nuevos que tienes que mostrarme cada curva y cada hoyo del camino para no caerme.

La curiosidad de no saber, el alerta de un decir, de asumir el infinito que somos.

“Te invito a armar mundos nuevos, un pedazo mío, un pedazo tuyo y un mundo nuestro,

     Que a veces el ronroneo interminable de caricias solas

     Que a veces la fuerza y la pasión de hacer el amor

     Que a veces la sola contención de la angustia

     Que a veces tu mente práctica y ordenada haciéndonos el preciso dibujo requerido.

La coordinación en el lenguaje, una coordinación de amor” (Coddou y Méndez)

En el lenguaje vivimos, y no me refiero a que comunicarnos en el lenguaje sea circunscrito sólo al acto de hablar; la comunicación es un proceso completo, en donde los actos muestran fuerza y las palabras dan sentido. Al coordinar una comunicación completa, ayudo a coordinar el amor y valoro y respeto las emociones y necesidades mías y de mi coequipero, construyendo así un “nosotros” sumamente poderoso. Y poderoso puede que sea mejor que “perfecto”.   

Por Emma Sánchez

La ansiedad de status. Deseo de ser otro

“El sentimiento de que podríamos ser otro y no el que somos, generado por los logros superiores de aquellos que tomamos como iguales, nos provoca ansiedad y resentimiento”

Alain de Botton

Este artículo trata sobre la sensación de escasez, el discurso de carencia, esa obsesión que se filtra por los ojos y embota el cerebro de casi todas las personas de esta generación y cultura.  ¿Han sentido ustedes ese cosquilleo profundo cuando alguno de sus conocidos tiene un mejor apartamento, un mejor carro, se viste con el último grito de la moda que usted se quiere comprar y no ha podido? ¿O ha sentido esa pregunta obsesiva sin respuesta que dice por qué el otro está mejor si yo también lo merezco y he hecho todo mi esfuerzo? Esa tentación ardiente de tener más, esa obligatoriedad de tener más, porque incluso si usted no quiere más, de admitirlo lo mirarían extraño en la oficina, y lo podrían considerar una persona de “poco empuje”, e inmediatamente usted adolecerá de esa “ambición necesaria” para ser un triunfador a los ojos de todos. Pues bien, es la angustia existencial del mundo de hoy: “la ansiedad de status”.

Alain de Botton, un pensador de la vida cotidiana lo analiza señalando que “en las sociedades avanzadas nos pagan salarios elevados que aparentan hacernos más ricos, pero en realidad el efecto red puede estar empobreciéndonos, al alentar en nosotros expectativas ilimitadas y mantener abierta la brecha entre lo que queremos y lo que podemos afrontar” Ahora bien, no vamos a negar, ni De Botton ni yo, las ventajas innúmeras de la civilización ambiciosa, del deseo humano insaciable y de su increíble maquinaria cerebral que hay que explotar y desarrollar.  Pero es desconcertante la manera en que estas ventajas creadas por el ser humano van de la mano con el incremento de la “ansiedad de estatus”, siendo ahora más importantes que nunca el reconocimiento, el logro y las ganancias.

Si lo miramos con detenimiento estamos llenos de furor mediático por las historias de éxito de los grandes multimillonarios, que son unos pocos comparados con todas las historias de fracasos, angustias y sufrimientos de los que también intentaron serlo. Estos discursos inspiradores son necesarios, pero De Botton, señala algo que a mí como psicóloga me parece más que cierto; “esta sociedad ha vinculado ciertos recompensas emocionales con la adquisición de bienes materiales”, y pues bien, no son los bienes materiales lo que queremos, sino estas recompensas en afecto.

En esta época de grandes cambios tecnológicos, para este autor, el aspecto más extraordinario de la escena del trabajo tal vez esté en el fin psicológico, como dice De Botton “tiene que ver con nuestra actitud hacia el trabajo, y más específicamente con la amplia expectativa de que el trabajo puede hacernos felices y ser el centro de nuestras vidas”. Y aunque parezca sorprendente, este concepto es nuevo. En la Edad Media el trabajo era una esclavitud hasta que genios creativos del renacimiento como Leonardo Da Vinci mostraron que podía ser mejor hacer un trabajo extraordinario que ser un aristócrata ocioso. La pregunta que introduce este autor es: ¿si el centro de su bienestar y satisfacción personal está en su trabajo, qué hace cuando lo despiden, o se siente insatisfecho?.

Algunos dirán: pero ¿qué sería de nosotros sin nuestras expectativas de logro?. Yo los entiendo pues soy de las que considero que el trabajo me da una felicidad importante, sin la cual mi existencia se vería con su sentido un poco a la deriva, también soy de las que busca ser productiva y le da satisfacción los resultados exitosos. Pero el cuestionamiento cultural es tal vez éste: ¿cuál es el logro que estamos buscando? ¿Qué las personas sean felices creando y produciendo obras extraordinarias como Da Vinci, o que las personas sean felices escalando los peldaños estructurados por la cultura ambiciosa de beneficios económicos? Porque seamos sinceros, y como plantea De Botton, “La probabilidad de alcanzar hoy el pináculo de la sociedad capitalista es sólo marginalmente mayor de lo que era hace cuatro siglos la posibilidad de ser aceptado en la nobleza francesa, aunque al menos la era aristocrática era más franca, y por lo tanto más amable acerca de las oportunidades”. Hoy la gran mayoría de las personas que ingresan a un cargo en grandes organizaciones, no consideran su labor como suficiente, y por tanto ser CEO es un título deseado como ser el macho alfa en las comunidades de primates.

Y ustedes dirán en este punto: ¿Acaso ser competitivos no es propio de nuestra naturaleza humana?, sí, pero también ser colaborativos. Sin la colaboración nuestra especie nunca hubiera llegado a ser lo que es hoy. Y hoy la competencia es aún más dura pues la actitud de éxito tiene que traslucirse a toda costa en muchos mínimos detalles y en todo momento; desde la sonrisa permanente, la alta jovialidad, el discurso que muestra los conocimientos en los primeros diez minutos de conversación, la extroversión sin tacha, y por supuesto una ostentación de bienes materiales propios de las personas del estatus superior. Pero insisto, todo este cambio en la actitud del ejecutivo puede verse como algo positivo, incluso ha centrado el interés en cambios de paradigma del liderazgo, pero corre el riesgo de que el liderazgo de nuestro mundo actual no sea sino una moda impuesta, como el vestir de tacones o corbata para aparentar competencia organizacional. El liderazgo de nuestro tiempo y la consciencia corporativa, desde mi punto de vista, debería ser el liderazgo que permita desarrollar en las personas esa felicidad por la creación y no esa insatisfacción por no haber logrado aun los beneficios del superhéroe de nuestro tiempo.

Hoy nuestros líderes, grandes ejecutivos sufren de ansiedad, depresión, problemas familiares, falta de tiempo para compartir con sus familias, burn-out, y del famoso síndrome del “workaholic” que lo obliga a sentir que nunca es suficiente, permitiendo que el trabajo; esa felicidad central de su vida, se le filtre por la puerta de su casa, y se instale como una invitada que llegó para quedarse en la cama matrimonial y en la habitación de los hijos. ¿Acaso eso no es un precio muy alto por los altos beneficios del estatus deseado? ¿No es un obstáculo a la tranquilidad mental necesaria para hacer algo extraordinario? ¿No es esa una escasez, una sensación de carencia susurrando angustiada al oído y muy costosa de mantener?

Por Emma Sánchez

Todas las citas provienen del artículo “Encuentro con la verdadera identidad”, Laura Babini, Wobi Magazine, Agosto-Septiembre 2013.

El rechazo al llanto: Una idea que ha cobrado vidas sobre un acto que nos salva

¿Cuál es la función de que lloremos? ¿De dónde viene la idea tan esparcida en nuestra sociedad de que “llorar es debilidad”?

Una profesora de psicología clínica una vez hizo un chiste sobre el proceso de habilitación de su consultorio por parte de los estamentos de salud pública, los cuales indican que todo recinto de atención de salud debe tener una papelera verde, una gris y una roja, para desechar residuos orgánicos, papeles y por último, deshechos biológicos. Esta profesora se reía diciendo que para qué tendríamos nosotros que tener tanto esmero en papeleras si el único residuo biológico que sale de un consultorio de psicología son los mocos. Y sí, los mocos que vienen con el llanto son el material biológico más significativo de un proceso terapéutico, y para mí, -aunque se rían o les asquee-, algo que DEBE salir en una terapia igual a como en una cirugía sale sangre. Solo que aquí el responsable de tirarlo a la papelera al terminar la cita es el paciente. No sé por qué, pero a mí me da mucha felicidad observar ese acto de la persona de soltar ese despojo, respirar, acomodarse, sonreír (si se logró una buena sesión) y salir al mundo otra vez. Es como si el consultorio fuera él mismo el abrazo de una madre, una vasija contenedora de líquido que se desborda, de vapor emocional que necesita salir, y esa intimidad ofrece un lugar seguro. Afuera, en la calle, otra cosa se espera de nosotros. Allá no está bien visto llorar, o genera una sensación abrumadora en los demás, quienes no podrán guardar silencio y correrán a decirnos alguna frase que terminará en “no llore”. ¿Por qué? ¿Por qué aplacar el llanto?

El llanto es una capacidad compartida por humanos y mamíferos, es decir, por las especies más evolucionadas de este planeta. Un bebé humano y un mamífero joven lloran para lograr la proximidad de la madre, el apoyo y la protección que necesitan. En esa protección reside prácticamente toda la base psicológica del ser humano. Pero si esta necesidad humana es tan valida y necesaria, ¿por qué el llanto es nombrado entre los adultos como un símbolo de debilidad que se reprocha en muchos casos? Hay una narrativa con la que aún hoy siguen llegando muchas personas al consultorio -y no solo hombres, que bien sabemos que han cargado el peso terrible de no habérseles permitido llorar por muchos siglos como muestra de hombría-, sino mujeres también que repiten una y otra vez que en momentos críticos deben ser “fuertes” y por tanto no derramar ni una lágrima. Y a mí esta narrativa, esta forma de expresión que representa tan bien nuestra creencia y marco social que nos ha restringido emocionalmente, me golpea mucho en el corazón porque yo misma cuando pequeña creé una identidad personal y familiar de fortaleza y valentía que me impedía llorar. Aún recuerdo a mi mamá sanándome una herida a mis 6 años aproximádamente, mirándome extrañada y diciéndome: “Emma, si te duele puedes llorar”. Esa frase me la tuve que repetir muchas veces cuando adolescente pues ya no soportaba el dolor emocional y mi sentido de vida se iba marchitando. Hasta que poco a poco fueron saliendo lágrimas y mocos mezclados con palabras atragantadas que me inundaron, y que con ayuda de mi propia terapeuta, lograron tumbar a fuerza de agua esa vieja identidad de muro que había construido para defenderme.

Por esto, por una parte el llanto ha sido visto como un síntoma de tristeza, pero para expertos en el tema como el Dr. Vingerhoets de la Universidad de Tilburg, éste es disparado por un rango de sentimientos que pueden ir desde la empatía y la sorpresa hasta la rabia y el dolor, y a diferencia de esas mariposas en el estómago de los enamorados que son invisibles a los ojos, las lágrimas son una señal que los otros pueden ver. Pero si lo pensamos por un momento, la gran mayoría de las personas no se siente cómoda llorando frente a otros, llorar es un acto que requiere cierta intimidad. Es un acto que nos acerca a nuestros seres queridos que son quienes en realidad nos pueden ofrecer el apoyo y protección que en dicho momento necesitamos. Por esto alguna gente puede llorar frente al terapeuta, porque éste le hace una promesa de empatía incondicional. Es decir, es un lugar de no ataque en el que la persona puede permitirse su vulnerabilidad.

Buscando sobre el tema, me preguntaba por la historia de nuestra significación sobre el llanto como debilidad. En un artículo de la Revista Times en donde se recopilaban algunas ideas del dr. Vingerhoets, también me quedó más claro que alrededor del año 1.500 a.c., la gente pensaba que las lágrimas se originaban en el corazón. En el Antiguo Testamento se describen las lágrimas como un resultado del debilitamiento del corazón que se volvía agua. Posteriormente en el tiempo de Hipócrates, se pensaba que la mente era la que generaba las lágrimas. Una teoría de 1600 decía que las emociones, en especial el amor, calentaban el corazón, lo que generaba vapor de agua que luego se condensaba en la cabeza y escapaba como lágrimas. Es en 1662 que Niels Stensen, un científico danés, descubre que la glándula lagrimal era el punto de origen de las lágrimas. Es ahí cuando los científicos empiezan a pensar en posibles beneficios evolutivos que podría tener este fluido extraño. Para Stensen en realidad las lágrimas solo eran una forma de mantener el ojo hidratado, pues muchos científicos -bastante racionales-, como Darwin, no le vieron un sentido evolutivo al llanto.

Pero afortunadamente mucha agua ha corrido de esa época a la actual, y la evidencia es contundente en soportar nuevas teorías. Una es que las lágrimas disparan el vínculo social y la conexión humana. Mientras que muchos animales han nacido totalmente formados, los humanos llegan al mundo sintiéndose vulnerables y físicamente poco equipados para lidiar con todo por su propia cuenta. Nos volvemos más capaces de lidiar física y emocionalmente con el mundo a medida que maduramos, pero los adultos siempre van a tener que enfrentarse a nuevos retos y crisis y por tanto emociones de vulnerabilidad, que son las que precisamente alimentan el proceso de aprendizaje y re aprendizaje que nos hace evolutivamente superiores. Como lo señala Johathan Rottenberg, un investigador de la emoción y profesor de psicología de la Universidad de South Florida, “llorar es una señal para ti mismo y para los otros de que hay algún problema importante que está, al menos temporalmente, más allá de tu capacidad de afrontamiento”. Las lágrimas también muestran a los otros que somos vulnerables, y la vulnerabilidad es critica para la conexión humana. El profesor emerito de la University College London, Michael Trimble, señala que “las áreas neuronales del cerebro que son activadas al ver a alguien emocionalmente alterado son las mismas áreas que se activan al sentirnos emocionalmente alterados nosotros mismos”. Concluye que “debe haber existido algún punto en el tiempo, evolutivamente, en donde las lágrimas se convirtieron en algo que automáticamente desata empatía y compasión en otro. De hecho, ser capaz de llorar emocionalmente, y ser capaz de responder a ello, es una parte muy importante de ser humano”.

Otras teorías menos reconfortantes, consideran que llorar es útil para manipular a los otros pues tiene un efecto de poder en los demás, que puede neutralizar la rabia y por esto es tan común en las peleas de los amantes, particularmente cuando alguien siente culpa y desea el perdón del otro. Tal vez la una no niegue la otra. Todos los humanos también tenemos la capacidad manipulativa a través de muchos comportamientos, no solo el llanto.

Pero algo definitivo es que el “buen llanto” lleva a la catarsis. El llanto tiene un efecto positivo de mejora del estado de ánimo, por tanto es una manera efectiva de recuperarse de un fuerte shock emocional. Por tanto, las lágrimas son, como Vingerhoets dice: “de extrema relevancia en la naturaleza humana. Necesitamos llorar porque necesitamos otras personas“.

Tal vez el origen de la actitud social de rechazo a las lágrimas tiene que ver con la herencia de modelos de comportamiento social de una civilización y cultura de la guerra, de la rudeza, del patriarcado. En donde el poder se gana con fiereza y las emociones de “necesidad” o vulnerabilidad se volvieron sinónimo y equivalentes de inferioridad. Así pues, otra creencia enraizada en nuestra forma de relacionarnos con nuestras más hondas emociones termina teniendo un impacto en trastornos emocionales de mucha gravedad hoy en día como la depresión, la ansiedad, las múltiples formas de mecanismos de defensa, la baja autoestima, las dificultades en nuestras relaciones, la incapacidad para saber regular y manejar las emociones, porque ¿cómo podríamos hacerlo si aún nos criticamos internamente por sentirnos vulnerables?.

Ayudémonos a llorar por favor y seamos empáticos con nosotros y con los otros para poder ser vulnerables sin que sea tan mal visto.

Por Emma Sánchez

La felicidad es más útil

Hace algunos años yo era una estudiante de psicología con una risa escandalosa, con algo de buen sentido del humor, pero con una tristeza que de cuando en cuando me acompañaba silenciosa como si llevara una bacteria pegada a la piel. Cada cierto tiempo sentía como si estuviera terriblemente enferma, ¿de qué? enferma de tristeza, de ansiedad, de expectativas vs. realidades, de miedos a fracasar, de afanes, de nostalgias. Luchaba constantemente en una batalla agotadora para no dejarme “deprimir” en el sentido del real diagnóstico, no de la palabra coloquial.

Bordear los límites de la depresión es un recorrido tortuoso en donde la persona se siente encapsulada en sí misma y en situaciones apesadumbradas, conflictivas, enredadas. Mis sentimientos parecían una maraña y mi cabeza era como un cubo de concreto; rígida. Un día alguien frente a mí hizo una metáfora, y tal vez fue la suavidad con la que la expresó, o tal vez que pude conectarme con los elementos visuales de dicha idea, pero sentí que me tocó. Ella dijo que sentía que la tristeza era como un planta, y que las personas en ocasiones nos encargábamos diariamente, de manera ardua y comprometida, a regarla y -aunque parezca paradójico-, cuidarla todos los días. Después de un momento, me hice la pregunta: ¿cómo estaba yo regando esa planta? hasta el momento, mi queja más frecuente era que el mundo era una inmensa fuente de agua que regaba el árbol de la tristeza y ya lo tenía gigante, imposible de talar. Pero ese día no tuve ya ganas de preguntarme por las ataduras de mi pasado que determinaron mis experiencias tristes, ni analizar la relación con la madre, o con el padre, o lo que se haría en cualquier terapia tradicional; sino que me pregunté por el hoy, casi como el condenado a muerte que se dedica a simplemente respirar y vivir cada momento uno por uno. Lo gracioso fue que en vez de condena, me estaba salvando. Estaba modificando el curso de mi cambio. Esta vez no estaba siguiendo el típico y supuestamente “lógico” plan de analizar las emociones, comprenderlas, indagar de dónde vienen, para ver si luego sí me sentía diferente y así poder echar a andar, sino que ese día, sencillamente pensé en la acción de regar, de dejar de alimentar esa boca hambrienta de la tristeza.

Y así empecé a hacer otra cosa con mi cabeza. Antes, cada noche me llenaba con todos los recuerdos negativos del día, las expectativas no cumplidas en la vida, la comparación del éxito de otros, la ansiedad y el miedo a no ser suficiente. Cada mañana le daba de desayuno a la tristeza todo un noticiero de frustraciones por no vivir en el mundo inteligente que yo querría.

Es decir, cada día de mi vida yo elegía mis pensamientos adecuadamente para hacerme la persona más infeliz posible. ¡Y estuve cerca del éxito!

Entonces, me dediqué a observar mi tarea de alimentar mi vida como la de un agricultor que sabe cómo arar la tierra, cuánta agua regar, cómo preparar el terreno, en dónde sembrar qué, y cuánto debe esperar para recoger sus frutos. Volví a lo básico, no importa si el terreno estaba seco y dañado, yo iba a ser mi agricultora y ningún supuesto “vacío” que no elegí iba a impedirme volver mi campo tan verde como a mí me diera la gana (vino un poco de rabia, pero de esa luego les cuento). Ese día empecé a elegir mis pensamientos cuidadosamente, y por supuesto que no fue cosa de un abrir y cerrar de ojos, pero con solo una pequeña acción diferente en la que yo invirtiera mi mente en la noche, ya algo de la planta que antes me devoraba parecía más marchito.

Pues como todo, con el tiempo da frutos, y los que recogí fueron maravillosos porque me permitieron darme cuenta de que yo tenía poder, y ese espacio de poder personal, de dignidad humana hace que la sonrisa sea más honesta y deje más satisfecho al corazón. En ese momento, cuando recogí mi cosecha me dije a mí misma en voz alta y sorprendida como quien encuentra un tesoro: “la felicidad es más útil”, y por eso desde ahí, lo que elijo para alimentar mis emociones son los pensamientos más útiles que pueda. Nunca lo había pensado así, ¡nunca había sido tan utilitarista!.

Ahora me sirve preguntarme si mi pensamiento es útil, si mi emoción me enseña algo, si mi “fracaso” es mi maestro. Y lloro también, como cualquier ser humano, y me enojo, y pienso negativo, y no hago afirmaciones positivas frente al espejo (soy psicóloga, no autor de autoayuda). Simplemente tras un café conmigo misma, me siento en el escritorio y dibujo, o en el caballete y pinto, o llamo a una amiga y me como un postre, o juego, o duermo, o hablo sola, o bailo, o me echo labial, o pido un abrazo, o escribo un diario, o me tomo una cerveza. Siembro, siembro cosas en un campo del que luego brotan frutos. Salgo de la cápsula y me agarro a la tierra. Riego mientras voy respirando, y así algo termina por hacerme reír, y de nuevo me digo que “la felicidad es más útil”.

Emma Sánchez & Laotraemma

Ms. Psicología Clínica

El valor propio como el valor del arte; un juego de ojos

El juicio hace parte integral de nuestras vidas y tal vez no deberíamos juzgarlo como bueno o malo. Es una de las características humanas que ha hecho del hombre lo que es; el ser humano debió juzgar y evaluar su realidad para reconstruirla, crear, inventar e incluso para salvarse de múltiples peligros. Nos compone la capacidad de juicio y nos destaca en nuestra evolución como especie. De esta capacidad se desprende además el auto-juicio, la evaluación puesta en dirección a nosotros mismos y nuestro comportamiento que nos lleva al aprendizaje. El ser humano puede observarse a sí mismo y corregirse para llevar una vida mejor, para transformar su medio, para aprender a sobrevivir. Así que podemos juzgar nuestra capacidad de juicio como algo sumamente bueno y necesario.

Sin embargo, ¿por qué vivimos tan agobiados por el juicio, el de los demás y el de nosotros mismos? Parece que el juicio también hace sufrir, nos roba tranquilidad y seguridad, hace que nos comportemos de forma tensa y atenta al gesto o la mirada del otro, ante cada expresión de nuestro ser. Nuestras conversaciones internas están plagadas de juicios fuertes como si regañarnos fuera la mejor forma para cambiar, y además, muchas veces, con rabia inconsciente también participamos del contagio del juicio y nos lanzamos a evaluar cada acto de los demás, desde nuestros lentes de la realidad, sentenciándolos como actos buenos, malos, malintencionados, bienintencionados, feos, bonitos, o ridículos. Y de pronto, es como si la posibilidad del “buen juicio” se nos hubiera esfumado en las narices para dar paso a un humo intoxicante de “mal juicio” que nos convierte poco a poco en seres paranoicos de la valoración de los demás y en frágiles avaladores de nuestro valor personal.

El “mal juicio” que nos convierte poco a poco en seres paranoicos de la valoración de los demás y en frágiles avaladores de nuestro valor personal

Pienso en el juicio constantemente cuando escucho las narrativas de mis pacientes, pero también cuando observo que me ha costado mucho irme quitando de a poco mi impulso por juzgar rápidamente, porque si no lo hubiera hecho no podría ser psicoterapeuta, pero además porque he descubierto cómo este ímpetu evaluativo, demasiadas veces innecesario, nos sume a todos en la inseguridad y el descontento, afecta las relaciones con los demás y con nosotros mismos. La autocrítica, autoexigencia y la dificultad de autoestima que hoy en día casi todos sufrimos, son ejemplos del desborde que ha tenido en nuestras vidas la maravillosa capacidad humana del juicio. Ante la mirada de los demás corremos avergonzados, y en realidad no importa que estemos en la era de publicar nuestras vidas enteras por internet, aún estamos acosados de bullying y vergüenza interna.

Pienso en el juicio también en mi consultorio cuando invito a hacer arte y la expresión primera de muchos clientes, sobre todo adultos, -aunque también algunos niños con el ojo del autojuicio ya desarrollado a temprana edad-, es la de mirarme como apenados excusándose por las “vergüenzas” que creen que van a hacer cuando dejen rodar el lápiz sobre la hoja en blanco, y decirme: “no sé dibujar”. Yo los tranquilizo diciéndoles que no hay que “saber” como un experto y que aquí, (en la sesión de arteterapia), no se va a evaluar su saber. El malestar que ellos sienten consigo mismos en ese breve momento, que a algunos les dura más tiempo que a otros, yo misma lo experimenté también por muchos años y lo podría describir así: es la ansiedad oculta de no saber cuál es mi valor ante el ojo evaluativo del otro.

Me gustaría verlo de esta manera. Pensemos en cuando vamos a un museo de arte. Somos espectadores de galerías y galerías de las mejores obras realizadas por artistas consagrados, que una comunidad entera de expertos considera por el título de “artistas” y que además avalan como piezas maestras que merecen comprarse por millones y exhibirse y cuidarse en museos destinados a guardar lo mejor de la humanidad. Y nosotros, espectadores inexpertos pasamos intentando llenar el ojo de colores, imágenes, texturas, y hasta alcanzar algún suspiro, instruirnos sobre arte con las audioguías, o lanzarnos confiados a hacer una interpretación silvestre sobre la obra y la intención del artista. Sabemos que algo quiere transmitir, que por algo alguien lo puso allí para nosotros, que algo debe significar. Pero en el proceso de juicio, ¿Qué le da su valor a la obra? El veredicto del espectador, ¿Qué le otorga valor para mí? Razones subjetivas, para los ojos de inexpertos espectadores; razones supuestamente objetivas y estudiadas, para los ojos de expertos críticos.

¿Somos todos como obras en museos? Frágiles pinceladas de colores y sombras puestas bajo el reflector bien dispuesto de luz para la mirada de los demás. Estamos atentos a la mirada de los espectadores que pasan y pasan evaluando la obra. A algunos los atrapamos con nuestro brillo o nuestra oscuridad, los hay que pasan de largo, y de esos, algunos nos importan, otros no; pero los que se quedan para despreciarla por no encontrar su valor, esos nos duelen más. No obstante, lo que muchas veces olvidamos es que somos obras con un espejo enfrente, que nuestra propia capacidad de juicio nos permite observarnos y valorarnos… o devaluarnos. ¿Desde qué ojos de qué espectador te estás juzgando hoy?

Esto no son 13 reasons of why…to live

N, de 19 años, llegó llorando a consulta. Angustiada y triste me contaba que la noche anterior estuvo “cerca”. Después de un episodio de rechazo de sus amigos, se empezó a sentir mal “como siempre.. siento que no soy nadie porque no logro ser extrovertida como todos”, llegó a su casa llorando y se encerró a ver la tan famosa serie “13 reasons of why”. Se sintió tan identificada, de pronto le pareció más posible hacerlo, luego esa posibilidad fue tomando forma de escena en su cabeza que podía visualizar, y la oscuridad la tragaba mientras ella se acercaba al límite.

¿Cuáles fueron SUS razones para no hacerlo? Pregunté. No hubo 13 pero hubo 1 y de esa 1 nos sostuvimos las dos; terapeuta y consultante, como de un madero en alta mar. Luego hicimos un listado de SUS razones para sí hacerlo; tampoco hubo 13, hubo 2 centrales. Ya parecía que la marea podía bajar.

¿Y SUS razones para vivir?

S, de 22 años, llegó a consulta agotado. La noche anterior se “permitió” no forzarse a funcionar y sostener esa imagen de excelencia que lo tiene tan desgastado y sin tiempo para él, se quedó en cama, puso su banda favorita; “Cigarettes after sex”, y se fue sumergiendo cada vez más hasta que la ansiedad arremetió como una ola furiosa, agitando todo y él se encontró cercano a la experiencia de matarse a sí mismo en la fantasía, hasta que llamó a sus padres en un intento de aferrarse de un madero en alta mar.

¿Y SUS razones para no matarse?

Tampoco muchas, tampoco claras.

Después de dichas consultas me fui a mi casa. Como todos los terapeutas no aplicamos eso de dejar los temas del trabajo en el trabajo porque a veces se requiere que los llevemos con nosotros, sin angustia, un buen tiempo, hasta que encontremos las preguntas adecuadas, (las respuestas las tienen los clientes), me preparé de cenar oyendo “Cigarettes after sex” (buena banda, la recomiendo, aunque bien depresiva, si vale la aclaración) y empecé a sentirme un poco “depre” o más bien “bajita de nota”, para no fallar al mandamiento de utilizar bien los diagnósticos. Luego me serví la comida, prendí el televisor, entré a Netflix y puse “13 reasons of Why” y esa sí no la soporté mucho. La apagué pronto y seguí escuchando la banda. Pero me quedé pensando meramente en los títulos de ambas producciones artísticas: “Cigarettes after sex” y “13 reasons of why”. Del primero, y como soy ex-fumadora, pensé que me remitía a ese momento cliché de las peliculas en donde después del orgasmo, el protagonista, (o hasta alguna vez yo misma), se concentra en sí mismo, se aleja de su compañero(a) sexual y se da una especie de segundo orgasmo placentero y egocentrista a manera de bocanadas de humo que aspira como si hubiera encontrado realmente la media naranja que hace un momento no pudo hallar. Y en cuanto al nombre de la, -ahora famosa serie de Netflix que al parecer ha desencadenado algún contagio de deseo suicida entre adolescentes-, me hizo pensar en otra pandemia de la que sufrimos hoy en día; los artículos “clickbaits” que nos ofrecen la realidad sintetizada en pocos caracteres, lista para ser digerida con propuestas de marketing tan hipnotizantes como “los 7 hábitos de la gente exitosa”, “las 8 cosas que debe hacer cuando se levanta para ser feliz”, “los 12 pasos para una vida extraordinaria”, “los 10 mandamientos de la gente altamente productiva”, “los 18 consejos para ser millonario”, etc. No siendo eso suficiente ahora le damos a los jóvenes una serie empapada de depresión millennial o de la nueva generación Z, a quienes no les han servido estos articulitos malos y se están queriendo suicidar, pero por alguna extraña razón el mundo quiere que establezcan un listado de razones sintetizadas.

¿No es curioso? ¿Que entre el auge de la felicidad y el de la depresión las propuestas que nos inundan sean pasos cliché para alcanzar la una, y propuestas cliché para decidirse por la otra, si la primera no funcionó?. Hay algo de “fast food” emocional en todo esto que me indigesta un poco. Es un alimento chatarra para nuestras emociones. Un mundo tramposo de marketing se mueve debajo apuntándole a generar emociones en el consumidor, jugando con teorías para sacarlas de contexto, meterlas en productos visualmente bien empacados y palabras sintetizadas y fáciles de comprender por todo el mundo, y por supuesto, de repetir, y ¡voilà! Todos compramos el libro del que nos promete pasos tan simples para encontrar el listado de razones suficientes para querer vivir… o morir.

Por otra parte, S tuvo que “permitirse” deprimirse en este mundo que le exige una felicidad perpetua y un éxito significativo para encontrar su valor personal, y qué mejor que una banda “indie” que está de moda y que deprime como casi todas las bandas “indies” de moda, porque hoy en día casi todos estamos deprimidos (las estadísticas lo demuestran). Para escapar al mundo de la necesidad de la felicidad, se regaló una experiencia a lo “cigarrillo después del sexo”, de autosatisfacción paradójica hundiéndose en la tristeza.

La decisión de suicidarse es una elección importante, proviene de un mundo emocional que se ha quedado sin esperanza. No es cualquier cosa. Pero ese mundo emocional que puede llevar a una vida significativa o una muerte por mi propia cuenta, se construye entre creencias, experiencias, vínculos y una necesidad vital de todo ser humano; la expresión y validación de sus necesidades emocionales. Además de esto, cada individuo necesita la libertad para ir creciendo a su ritmo, entendiendo quién es y qué desea, siendo libre en la construcción “a su manera” de sus vínculos y sus capacidades emocionales; es eso lo que le otorga SUS razones, SU sentido. Este mundo del “Clickbait” quiere tanto dirigir nuestras emociones para que consumamos YA, que no nos está permitiendo ser libres de imposiciones de autoayuda, felicidad, productividad, éxito. El mundo actual no solo está demandando un ideal en acción muy alto, sino un ideal emocional irrealizable que podría parafrasearse así: “¡Sé feliz, emprendedor, empático, buen líder, innovador, financieramente exitoso, fitness, sano, buen padre o madre, planeador, con metas claras pero viaja mucho y siéntete libre…todo el tiempo!, ¡que esas sí son las razones para vivir!” Si no lo eres, tenemos otras razones para morir sintiéndote incapaz contra el bullying del mundo, y te lo ofrecemos en una serie que al final no tiene ni la decencia de presentar los números de las líneas telefónicas de ayuda contra el suicidio, al menos en Estados Unidos.

¡Pero lo mejor de todo esto! Te damos las razones con manual y en pasos sencillos diseñados para tí!

Yo solo tengo preguntas. ¿Las respuestas? Pensémoslas juntos.

Por Emma Sánchez

Mg. Psicología Clínica

Arte + Palabra. La creación para crecer

Esta es una historia de un trazo, una pincelada, una línea curva. Empieza hace unas tres décadas, cuando una niña de cuatro años vivía fascinada por todo lo que le permitiera pintar papeles, paredes, cojines de la sala de su casa, sus piernas o cualquier objeto cuya superficie la invitara al rayonazo, a la preciosa libertad del garabato.

Sí. Esta es. Esta soy.

En los ires y venires de la vida, los colores y papeles dieron paso a las letras, la literatura, la filosofía y la elección de la psicología como profesión y camino de vida. Un día, reencontrándome con la que fui, de una manera desprevenida y sin pensarlo, como -aunque suene cliché- ocurren los buenos encuentros, me acerqué de nuevo al papel, a los pinceles, a los marcadores, acuarelas y micropuntas, y de pronto me vi envuelta en la magia de la creación que me estaba salvando de mi propio cansancio como terapeuta. Así nació ésta.

La otra emma.

O LaOtraemma. Así la nombré sin pensarlo mucho, y así la puse a hablar. De forma autodidacta empecé a moldear mi alterego trazo a trazo. Una dibujante que dice lo que su amiga la psicóloga a veces no puede decir. Después de años de autocrítica tanto de mis talentos creativos como de mis competencias profesionales, LaOtraemma empezó a salvarme de mi misma. Hace año y medio aparece en las redes sociales continuamente, y aunque a veces se pasa de sincera o ¡de aburridora! mi ejercicio personal terapéutico ha sido sacarla a la luz casi que de mi primer boceto y sin mucha corrección, y con defectos y todo se deja ver en su propio crecimiento, orgánico y desorganizado. Mientras ella crece y se transforma, yo no he podido más que reconstruirme como persona y por supuesto también como terapeuta. El humor, la creatividad, la propia elaboración de ansiedades de perfección, han dado paso a curiosidades que hoy me traen a presentarles esto.

Arte + Palabra. Un programa de arteterapia para la construcción de identidades resilientes en niños, adolescentes y jóvenes universitarios. En suma, crear para crecer. Porque ¿para qué más puede el ser humano explotar su más valiosa cualidad?.

A partir de inquietudes constantes en mi trabajo con jóvenes universitarios de la Universidad ICESI en Cali, Colombia, y de observar sus inseguridades personales, sus dificultades en el posicionamiento de sus límites, en el afrontamiento de los retos y la solidificación de su autoestima, surge mi diseño propio de un programa breve pero lleno de creatividad para ayudar a niños y jóvenes, por medio de la unión de la Terapia Narrativa y el arte del cómic, la ilustración, la fotografía e incluso elementos audiovisuales, a ir creando su propia obra de arte; la mejor versión de sí mismos.

Finalmente, es lo que la protagonista de esta historia también va haciendo a su manera.

Espero que me acompañen en este viaje que ya inició, pero en el que ahora integro en el nudo de mi historia, a mi arte y mi palabra. Juntas salen al mundo con honestidad para reír, para impactar y para ayudar a continuar creciendo sin parar. Para más información del programa Arte + Palabra, pueden contactarme por medio de este blog, o por Facebook, Twitter e Instagram como @espsicoterapia (Emma Sánchez Psicoterapia).

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