Para que una persona se sienta avergonzada tienen que pasar varias cosas, aparentemente simples, pero profundamente complejas en sus alcances. Primero, la persona debe haber actuado fuera de lo que interpreta o concibe como «la norma». Además, la persona debe evaluar esa norma como deseable y vinculante con otros, porque solo así, aquella transgresión o incapacidad para cumplir «la norma» le hace sentir tanta incomodidad. Y lo complejo es que para que aparezca la vergüenza no es necesario que se encuentre presente una persona desaprobadora; solo se necesita que la persona en cuestión imagine el juicio del otro. Frecuentemente se tiene mentalmente la imagen de alguien preguntando: ¡¿No te da vergüenza?!. Incluso está visto que interiorizamos tan bien esas amonestaciones, que las «normas» o expectativas puestas en nosotros por nuestros padres en la infancia, nos continúan afectando hasta la edad adulta.

June Tangney, de la Universidad George Mason, ha estudiado la vergüenza durante décadas. En colaboraciones con Ronda L. Dearing de la Universidad de Houston y otros, ha ratificado que las personas que tienen una propensión a sentir vergüenza, (un rasgo llamado propensión a la vergüenza), a menudo tienen baja autoestima. Lo cual implica, a la inversa, que cierto grado de autoestima puede protegernos de sentimientos excesivos de vergüenza. Tangney y Dearing se encuentran entre los investigadores que han descubierto que este rasgo indicador de la propensión a la vergüenza aumenta el riesgo de sufrir otros problemas psicológicos. El vínculo con la depresión es particularmente fuerte; por ejemplo, un metaanálisis a gran escala en el que los investigadores examinaron 108 estudios que involucraron a más de 22,000 sujetos mostraron un conexión clara.

En un estudio de 2009, Sera De Rubeis, de la Universidad de Toronto, y Tom
Hollenstein, de la Queen’s University en Ontario, analizaron específicamente los efectos de este rasgo sobre síntomas depresivos en adolescentes. El proyecto incluyó aproximadamente 140 voluntarios entre los 11 y los 16 años y descubrió que los adolescentes que mostraban una mayor propensión a la vergüenza también eran más propensos a tener síntomas de depresión. También parece haber ser una conexión entre la propensión a la vergüenza y los trastornos de ansiedad, como la Ansiedad social y la Ansiedad generalizada, como Thomas A. Fergus y sus colegas informaron en 2010.

La vergüenza es una emoción que encarcela. El avergonzado quisiera ser libre, hablar sin miedo, decir que no o que si, permitirse espontaneidad, confiar en que es querido por los otros, pero está atrapado en el miedo y la muy fuerte duda de si va a poder ser valorado. Así que si la vergüenza es constante, el hecho de que despierte sentimientos de ansiedad y depresión es casi que un resultado obvio. Para empezar a salir de esta situación, a lo primero que habría que prestar atención es a la posibilidad de comprender a profundidad las ideas que nuestros padres, o las experiencias de vida, fueron diciéndonos sobre lo que «debíamos ser». Comprender cuál es «la norma», el conjunto de creencias que tengo sobre lo que puedo o no permitirme, lo que merezco o no merezco, ya que esto es lo que está en el corazón de la vergüenza.

Emma Sánchez

Esmindful blog
Escrito por:Emma Sánchez

Psicóloga que escribe, dibuja, lee en voz alta y respira en bosques. Estudiante de MA. Creación literaria. Trabaja como Trainer internacional en el campo de Forest Therapy (@lluviadebosque) colaborando con el Forest Therapy Hub.

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