La delgada línea entre la comparación social para la evolución o para la autodestrucción es como la cuerda floja de un trapecista en lo alto de la carpa del circo.

Lo escucho en los consejos populares que quieren parecer sabios: «No te compares con los demás». ¿Habré yo alguna vez dicho lo mismo? Seguro que si, es probable que a personas que he sentido angustiadas y abrumadas por la pesada carga de la infravaloración personal, les he dicho semejante frase con la intención absurda de calmarles la fiebre mental de la comparación obsesiva teñida de sus tristes sesgos, originados en su baja autoestima. Me disculpo por caer yo también en estas frases que los de afuera, lo que no son psicólogos, con razón nos critican. Y me comprometo a observar el asunto con más detalle, tal vez así encontremos la verdadera cura a la fiebre de la comparación social.

Así que vámonos a las teorías que vienen explorando este tema, a la ciencia de la mente humana, que es la que me apasiona. Hay una teoría propuesta a mitad del siglo pasado, en 1954 por Leon Festinger, psicólogo social estadounidense, creador de una teoría muy importante en el campo, la Teoría de la Disonancia Cognitiva, pero quien además propuso la Teoría de la Comparación Social a la que me parece que hay que echarle un buen vistazo.

En la teoría de la Comparación Social, Festinger parte de una primera hipótesis1: existe en el organismo humano un impulso a evaluar sus opiniones y capacidades. Y Festinger nos explica que aunque opiniones y capacidades son aparentemente dos cosas muy diferentes, tienen una relación funcional cercana, pues actúan juntas en la forma en que afectan el comportamiento. La cognición de una persona, es decir sus creencias y opiniones acerca de una situación, y sus evaluaciones de lo que es capaz de hacer o no, aparecerán juntas en el comportamiento de dicha persona. Sin embargo podríamos decir que la evaluación que uno tiene sobre sus capacidades es una opinión, y Festinger lo esclarece planteando que las capacidades son por supuesto manifestadas solo a través del performance, el cual se supone que depende de la habilidad particular. Y por supuesto la claridad de las manifestaciones o performance puede variar desde instancias donde no hay un criterio claro, hasta otras en que el performance refleja claramente la habilidad. En la primera, al no haber una «realidad objetiva», pues la evaluación de la persona de sus habilidades es una opinión. En el otro caso, entonces la evaluación no depende tanto de opiniones de los otros, y más de una comparación medible del performance de uno con el de los demás. Por ejemplo si alguien evalúa su habilidad como corredor, lo hace midiendo el tiempo y distancia en comparación con otros.

Ahora, la implicación comportamental de la existencia de tal empuje innato a la comparación social es que esperaríamos observar acciones de parte de las personas que las habiliten para cerciorarse si sus opiniones son correctas o no y también su comportamiento, lo cual permitiría evaluar adecuadamente sus habilidades. Por esto es necesario responder a la pregunta de cómo las personas llegan a sus autoevaluaciones. Y ahí viene la segunda hipótesis de Festinger: En la medida en que no se disponga de medios objetivos y sociales, las personas evalúan sus opiniones y capacidades por comparación con las de otros. En la ausencia tanto de comparación social y física, las evaluaciones subjetivas de opiniones y habilidades son inestables.

Otra cuestión importante que probó Festinger, y que fue su tercera hipótesis, es que la tendencia a compararse a uno mismo con otra persona específica disminuye si la diferencia entre sus opiniones y habilidades y las mías, incrementa. Es decir no tendemos a compararnos con los que son bastante divergentes a nosotros. Y esta idea también se desprende que si la única comparación posible es con alguien muy divergente, la persona no será capaz de hacer una evaluación precisa de sí mismo. Así Festinger llega a probar también que una persona estará menos atraída a situaciones donde otros son muy divergentes de sí mismo, que a situaciones donde los otros son cercanos tanto en opiniones como en habilidades.

Y algo más que está interesante para lo que pasa en Twitter y redes sociales: la existencia de una discrepancia en un grupo con respecto a las opiniones y habilidades llevará a tomar acción por parte de los miembros del grupo para reducir la discrepancia. Y siempre pueden existir dos tendencias cuando hay discrepancia en un grupo; o a cambiar mis posturas para acercarme a las del grupo, o cambiar las del grupo para que se acerquen a las mías. Y si persiste demasiada divergencia, la persona tiende a cesar su comparación con los más opuestos, y este cese está acompañado de hostilidad o humillación debido a que la comparación continuada con aquellas personas implica consecuencias desagradables. Esto es cierto en especial en cuanto a las opiniones, como obedeciendo a una «presión hacia la uniformidad», como lo llama Festinger. Y entre más atractivo sea el grupo para la persona, más presión tendrá para conservar la uniformidad de ideas y comportamientos de ese grupo. Lo que podemos ver ejemplificado en los comportamientos segregadores de fanáticos religiosos, o personas pertenecientes a grupos de creencias radicales.

Es interesante ver que la propuesta probada por Festinger nos permite valorar la función que tiene la comparación social en nuestra necesidad de evolución; evolución dada a partir de la evaluación propia en relación con las de los demás. Esto va a jugar un papel significativo en la autoimagen y el bienestar subjetivo. En realidad es importante pensar que la comparación social es un proceso natural porque los seres humanos necesitamos de esa importante cualidad para autoevaluar nuestras opiniones y comportamientos, o habilidades. Entonces un proceso que es molesto, que nos trae angustia, y que hace que día a día esté presente con insistencia en las personas causando ansiedades, depresiones y baja autoestima, también es un proceso necesario para sobrevivir, evolucionar, mejorar, esforzarnos, y hasta sentirnos pertenecientes a un grupo humano que comparta similitudes.

En su teoría se proponen tres tipos de comparación social: 

1. Comparación social ascendente, o compararse a sí mismo con alguien que se considera mejor que uno mismo (por ejemplo, por tener más riqueza o bienes materiales, mayor posición social, mayor atractivo físico); Estas comparaciones ascendentes a menudo se centran en el deseo de mejorar nuestro estado actual o nivel de capacidad. Podríamos compararnos con alguien en mejor situación y buscar formas de lograr resultados similares.

2. Comparación social descendente, o compararse a sí mismo con alguien que se considera no tan bueno como uno mismo; Estas comparaciones a la baja a menudo se centran en hacernos sentir mejor acerca de nuestras habilidades o rasgos. Puede que no seamos buenos en algo, pero al menos estamos mejor que los demás

3. Comparación social lateral, o compararse con otro que se considera más o menos igual. 

Tradicionalmente, la teoría de la comparación social ha sostenido que las comparaciones ascendentes promueven un sentido de inferioridad y, por tanto, se asocian con cambios negativos en el autoconcepto (el efecto de contraste), pero investigaciones recientes sugieren que, dependiendo de las circunstancias, las comparaciones ascendentes pueden promover la inspiración y asociarse con cambios positivos en el autoconcepto (el efecto de asimilación). Por ejemplo, las personas tienden a calificar sus habilidades más altas cuando mantienen una relación cercana con un objetivo de comparación ascendente, pero más bajas cuando el objetivo es distante o no les gusta. 

comparación social
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Pero creo que la forma en que las personas se comparan con los demás (su grupo de comparación o grupo de referencia) y sus posibles efectos, tanto nefastos como positivos, tiene que ver mucho con nuestros modelos educativos.  Desde muy pequeños encontramos la excesiva valoración de niveles de performance que cumplen estándares impuestos. No nos es fácil poder discernir que el nivel en el que nos encontramos también es valioso. No encontramos un sistema que nos acoja con empatía y el tratar de encajar en el sistema evaluativo es un reto para nuestra autoestima. Sé que en los últimos años los colegios empiezan a ser más conscientes de esto, e incluso en algunos países en Europa empieza a promoverse la idea de no calificar a los estudiantes en una escala numérica o jerárquica.

Ahora pensemos lo que nos pasa cuando entramos a redes sociales, al mundo virtual en el que tenemos acceso a ver de todo: las casas de famosos, los armarios, los yates, los restaurantes y hoteles de lujo, los cuerpos esculturales, la ropa de diseñador que otros usan en plenas calles, las parejas que se ven felices, los ascensos en estatus social de conocidos o conocidos de conocidos. Lo «medible» y referente social para la evaluación de mi misma(o) va a ser la felicidad material y manifestada en sonrisas y belleza que los otros juzgo que han conseguido de acuerdo a lo que percibo a través de la pantalla, vs. mi estado de bienestar del momento. ¿Cómo no va a querer uno decirse a sí mismo o a sus amigos que se comparan a la baja: «No te compares, eso no sirve de nada»? Creo que es evidente que Leon Festinger en los años 50 no se veía venir el escenario trágico y traumatizante que vivimos hoy. Antes me comparaba con un entorno más local y cercano, había hasta algo comunitario y comprensiblemente problemático pero que parece hasta tierno si lo pensamos, comparado con ese océano de tiburones olfateando sangre que tenemos hoy en día frente a nuestros ojos desde que amanece hasta que nos vamos a dormir. 

¿Evolucionamos o nos autodestruimos? La sociedad nos da señales hoy en día de que parece ser más lo segundo que lo primero. Y si bien podríamos intentar resolver la cosa como muchas veces hacemos los psicólogos cuando nos vemos en aprietos, diciendo: «es caso por caso, depende, no podríamos asegurarlo, depende del nivel de autoestima y modelos de crianza de cada uno», yo sí creo que estudios un poco más abiertos y del campo de la sociología y la psicología social, y hasta el mismo análisis de discurso básico de lo que la gente ha empezado a decir por medio de las mismas redes, nos va mostrando que ya nos dimos cuenta que no hay autoestima que resista, -a todos se nos flaquea a veces-, que no podemos los psicólogos todo dejárselo al sujeto y no comprometernos con voces más críticas socialmente, que esta sociedad del aceleramiento, de la red inmensa virtual, del apuro por mostrar felicidad falsa, perfección impoluta, abundancia pública, está destrozando internamente a personas simples, sencillas, con menos oportunidades intentando hacer progresos poco a poco a la vez que suspiran todos los días, un poco de la envidia o el antojo, al entrar a Instagram.

Por Emma Sánchez

Escrito por:Emma Sánchez

Emma Sánchez, creadora del podcast Simple de Mente y conferencista sobre estrategias de bienestar emocional a través del mindfulness y la psicología.

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