Preparada para despedirme de las cosas

¿Estás preparado para alejarte, para soltar, para dejar ir? ¿Estás listo para que tu vida sea ligera? Por alguna razón esta pregunta siempre ha sido tan importante en mi vida. La idea de “viajar ligera de equipaje” siempre estuvo en mi. No obstante, a la vez se fue sembrando la idea conservar conmigo lo importante. Y así también me convertí en una “medio acumuladora” que soñaba con viajar ligera… con sus cosas importantes. El problema es que no sabemos qué es lo importante. Por esto me fui a Australia con dos maletas de 23 kilos a reventar y una maleta de cabina que ni podía alzar bien para meterla en el compartimento del avión. Cuando recuerdo a esa Emma de 26 años que fui, me río sola.

De niña recuerdo una noche en que mi triciclo se quedó afuera en el balcón porque me dio pereza obedecer a mi papá e ir a traerlo adentro de casa. A la mañana siguiente el triciclo no estaba. Alguien entró a la madrugada y se robó mi triciclo. También recuerdo la ocasión en que perdí mi flauta en el jardín de infantes y luego siempre la añoré. Al igual que con el triciclo había en mí un gran arrepentimiento de no haber cuidado “mis” cosas, y luego tener que vivir el vacío de esas cosas en mi vida. Afortunadamente, pienso ahora, mis padres no corrieron a comprarme otro triciclo u otra flauta. Todos tenemos que descubrir la impermanencia de las cosas.

Así pasaron más cosas. Llegaron los años adolescentes y fui de esas que llenaba cajones con carticas, stickers, tickets de conciertos, CDs, álbumes fotográficos, y no les miento! par de veces guardé la colilla de algún cigarrillo que me fumé en un día que me pareció super especial e “importante”. Y que por supuesto ya ni recuerdo a qué se debía tal importancia. Y tampoco hace falta extenderme describiendo lo difícil que era vivir los finales de mis relaciones de amor. Era como si me fuera a morir de un virus terrible.

Guardé y guardé muchas cosas. Acumulé libros (mi compra favorita desde pequeña) como enloquecida. Muchos los leí, muchos los leí a medias. Muchos no los leí nunca. Botar los cuadernos viejos de los semestres de la universidad fue toda una proeza. Me decía a mi misma la excusa que mi mamá se decía a sí misma con la ropa: “puede que luego les necesite”.

Lo curioso es que también me gustaba cambiar los muebles de lugar todo el tiempo, y cada cierto tiempo renovarme. Y no era tampoco muy buena cuidando las cosas con demasiado esmero. Creo que como a todos me gustaba estrenar, y si se dañaban no daba muchas largas en botarlas. En algún momento de mi vida, tal vez dado que me he mudado muchas veces de lugar, fui perdiendo el sentimentalismo por los objetos. Varias veces me preguntaba por qué he cargado con tantas cosas en cada mudanza si soy de las que defiende la idea de que ojalá la vida te quepa en una maleta.

Me he ido cansando de esta pesadez. De tener que encargarme de tantos objetos que solo son objetos. Así me fui decidiendo a fantasear en mi cabeza con esta vieja pregunta hipotética de que si tu casa ardiera en llamas, y tuvieras solo 30 segundos para llevar algo contigo, ¿qué pasaría conmigo? Pues claro que en ese instante sería capaz de alejarme de todo. Ta vez rescataría el portatil, por cuestiones obvias, si es que no tengo que salvar a mi pareja primero. Pero lo importante de mi vida está en el cuerpo que habito, la mente que me acompaña, el ser que soy.

He empezado a darme cuenta del valor de lo que traigo a mi vida, como posesiones, o incluso relaciones. Creo hoy ser capaz de alejarme de ellas en algún momento tan rápido y conscientemente como lo decida. Y aunque esto suene para muchos como un indolente desapego, para mí es la consciencia real de la vida, y es una gran forma de cuidado tener esa consciencia despierta. Los matrimonios terminan, las amistades terminan, la vida termina en algún momento, y mejor vivirla con valor.

Si compro nuevos objetos no les asigno mucho significado. Y por cierto, gracias al cielo ya no fumo ni le asigno valor de recuerdo a las colillas de mi adolescencia! Estar desapegada a mis objetos hace mi vida más flexible, y llena de oportunidades.

Los buenos recuerdos los guardo en el disco duro de mi mente, y de ahí también se van borrando algunos. Es el funcionar natural y sano de mi cerebro humano; para recibir la vida debe desprenderse de lo que ya no está vivo, el pasado. Lo que antaño fue intenso, ahora no lo es. Tampoco siento que tenga que cargar conmigo tanto peso de pasado. Y eso, sin duda, después de una adolescencia y adultez temprana depresiva y melancólica, es un gran avance para mi. Poco pienso en el pasado ya. Y no extraño nada con nostalgia. Así mismo, me abro al potencial del momento más flexible sin pesos, y expando hábitos o ideas, en vez de expandirme en objetos a mi alrededor (a excepción de plantas, por si las quieren ver como objetos, pero para mí son mi circulo de seres naturales).

¿Estoy preparada para despedirme de las cosas? Algunas estoy dándoles tiempo a gastarlas, como materiales de arte que he acumulado excusada en “mi gran pasión” por pintar y dibujar, acumulando obviamente más de la cuenta hace algunos años ya. Con algunos libros me he comprometido a leerlos pues de verdad me interesan. Pero poco a poco, voy aprendiendo de C.S Lewis, quien dijo alguna vez: “Don’t let your happiness depend on something you may lose.” Así que mejor no perderme a mi misma.

Emma Sánchez

Publicado por Emma Sánchez

Mg. Psicología Clínica y Guía certificada de "Baños de Bosque" (Shinrin Yoku). Trabajo en construcción de resiliencia, autoestima y manejo emocional a través de la naturaleza, el arte, el mindfulness y el minimalismo emocional.

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