El «problema» psicológico es una «solución» de supervivencia afectiva

El problema psicológico es la solución. La solución intentada para sobrevivir emocionalmente. Una solución que se ha convertido en fija y desactualizada e impide el crecimiento y la evolución de las personas. Una solución que ya no soluciona y por el contrario, trae sufrimiento.

En consulta la mujer S dice, por ejemplo, que desde que aquel hombre de su pasado la engañó, a ella le dolió muchísimo este engaño, y después de un tiempo, ya no solo le dolía este engaño, sino que ella hubiera confiado tanto, que no se hubiera dado cuenta, o sospechado antes. Así que aquí viene su solución: “voy a sospechar de todo en una relación con un hombre”, “no voy a volver a ser tan confiada”. Resultado: se salva de algunas relaciones en que pudo haber terminado igual, y hasta ahí, todo bien. Pero… tres años después encuentra un hombre dispuesto a una relación diferente. Nuevo problema: su solución anterior está volviéndose un problema en la nueva relación. Y su cuerpo ya siente sistemas de alarma de ansiedad todo el tiempo, ¿por qué? porque ella lo acostumbró a “sospechar de todo”. Esta nueva relación, desde la madurez, le exige confiar, y su solución la lleva a autoprotegerse en un nivel de menor crecimiento.

Ahora está la mujer L, quien cuenta que su padre era un hombre demasiado violento con sus tres hermanos varones. Los humillaba todos los días, los insultaba, los golpeaba, les repetía que no iban a ser nadie en la vida. Todos los días al llegar papá a casa, ella de cinco o seis años sentía una opresión en el pecho, ahogo, un nudo en la garganta y retenía la respiración (de lo cual hace consciencia apenas ahora a sus 47 años). Aquí viene su solución: “yo no puedo dar problemas”, “para que mis padres no peleen, yo tengo que ser buena”. Así la niña que fue la mujer L, se convierte en la mejor estudiante, nunca tiene una mala calificación, nunca dice lo que piensa, nunca se opone a la ley de su padre, nunca expresa sus necesidades, y cae en un perfeccionismo opresor. El papá no soportaba ningún error. Ahora ella tampoco soporta ninguno de sí misma. Su matrimonio tiene dificultades, y la idea de que este hombre la deje de amar “por su culpa” le hace sentir la misma opresión en el pecho, ahogo, nudo en la garganta y retención de la respiración, que sintió en toda su infancia. La solución es tan tirana y agresiva como el problema que la ocasionó: intentar tener valor y amor de un padre tirano.

Estos son pequeñas lecturas de casos que atiendo. Todos los días me encuentro con problemas y soluciones cuya base está en la necesidad afectiva básica, ser valorados y amados por nuestros “otros” importantes. Esta perspectiva nos permite pensar que un “problema” psicológico, lo que se considera un “trastorno”, es una forma de funcionar (un estilo de vida, en el sentido literal de la frase) que tiene que ver  con las experiencias afectivas y la forma poder “sobrevivir” en el entorno relacional y afectivo en que nos hemos desenvuelto.

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Lo que nos muestra la Teoría del Vínculo Afectivo de John Bowlby, -para mí la más importante para comprender al individuo-, es la conformación de unos tipos de relacionamiento afectivo con los “otros significativos”, basados en la forma de satisfacción de emociones muy fundamentales y necesidades emocionales que tiene todo niño, y todo individuo en su desarrollo.

Esta teoría del vínculo y apego es nuclear en la psicología humana, pues complementándose con teorías evolutivas, neuropsicológicas, y de psicología social, nos da un marco integral para entender lo que está en el núcleo de la constitución de patrones afectivos,de relacionamiento del individuo consigo mismo y con los otros. 

Reconocemos que para lidiar con la angustia de “ser alguien” en los afectos esenciales de nuestro contacto social, entramos en unas dinámicas que Mary Ainsworth (otra científica del comportamiento y el desarrollo que se suma al trabajo de Bowlby), divide como “ansiosas inseguras”, “evitativas”, “ambivalentes” o “seguras”. Ella, en su trabajo con niños en Uganda, encontró una información muy valiosa para el estudio de las diferencias en la calidad de la interacción madre-hijo y su influencia sobre la formación del apego. Ella define estos patrones de apego anteriormente señalados así: los niños de apego seguro lloraban poco y se mostraban contentos cuando exploraban en presencia de la madre; los niños de apego inseguro, lloraban frecuentemente, incluso cuando estaban en brazos de sus madres, les era difícil explorar y ganar autonomía; y otros niños que parecían no mostrar apego ni conductas diferenciales hacia sus madres. 

Así se van estableciendo patrones que corresponden con el mundo emocional, y que también influencian nuestros modos de relación como adultos. Podemos, por ejemplo tener un apego inseguro o ansioso en nuestras relaciones, o por el contrario, asumir el polo de la evitación afectiva, o distanciamiento, o generar un patrón ambivalente que pasa continuamente del deseo de conexión profunda al establecimiento de distancia. Todas estas posturas, si las observan, están orientadas a ayudarnos a protegernos emocionalmente del abandono, el rechazo, la pérdida o la poca valoración. 

Pero no solo van a influir nuestros modos de relacionarnos con los otros, sino también, por supuesto, con nosotros mismos. Esto es parte formativa fundamental de lo que luego se configurará como nuestra personalidad, nuestros modos de afrontamiento, nuestro autoconcepto, identidad, autoestima, estilo de aprendizaje, funcionamiento cognitivo, resolución de problemas, manejo y gestión emocional. Si lo vemos bien, todo parte de ese encuentro con el amor del otro, de nuestros primeros inicios.

Por esto ponernos en contacto con nuestras emociones de la infancia, reconocer quiénes fuimos, cuál es nuestro niño o niña interno que ha quedado lastimado. Darnos cuenta si sentimos negligencia o desinterés por uno de nuestros padres, o si sentimos que debíamos hacerlos felices y no decepcionarlos, o nos sentimos muy sobreprotegidos o asfixiados en nuestra necesidad de exploración del mundo. Todas estas emociones y formas de “ganar” valor o validación para nuestros personajes importantes en la infancia, nos ha trazado la ruta de nuestras relaciones “soluciones” y “problemas”. Y echar luz sobre esto, es empezar a realizar un proceso de liberación emocional en el que ganamos poder, nos podemos comprender y cambiar estas soluciones intentadas desactualizadas, por unas nuevas que no provengan del miedo a no ser amado.

Por Emma Sánchez

Mg. Psicología Clínica – Guía de Shinrin Yoku (Baños de Bosque)

Publicado por Emma Sánchez

Mg. Psicología Clínica y Guía certificada de "Baños de Bosque" (Shinrin Yoku). Trabajo en construcción de resiliencia, autoestima y manejo emocional a través de la naturaleza, el arte, el mindfulness y el minimalismo emocional.

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