40 días sacando diariamente algo de mi casa. ¿Qué ha pasado con mi vida?

Llevo 40 días sacando, donando o botando cosas de mi casa todos los días. Quiero hacer la claridad que no soy, ni nunca he sido, lo que se llamaría “acumuladora”, tampoco millonaria ni mucho menos amante de las compras, pero todos los días durante 40 días he asumido pequeños y grandes actos que me acerquen a una vida simple y minimalista.

Hace un tiempo quise comprometerme con aquel adagio “less is more”. En el inicio de este año sentí un impulso incontenible de revisar todo el equipaje en mi mochila (mi vida) y plantearme si cada cosa estaba alineada con mis valores, mi ser auténtico, mi intención de vida. Una vida con sentido y propósito requiere iluminar hábitos nocivos, tendencias inconscientes, complejidades innecesarias.

No solo se ha tratado, para mí, de vivir con menos por un deseo de abstención y dejar contribuir al mundo consumista que no me gusta, en el que no deseo vivir, sino que también se ha tratado de querer vivir una vida más ética, sostenible, ecológica y libre de tóxicos en el hogar. Además, se ha tratado de volver a ponerme en contacto con quien soy, de limpiar el computador, el celular, las redes sociales, el tiempo invertido en prácticas que no aportan. Y finalmente, de aprender a cuidarme, haciendo mi elección consciente de la forma más eficiente y efectiva de vivir dejando el estrés por fuera de mi vida. Y no vengo a decir que lo conseguí del todo o para siempre, pero sí es más fácil con el método de una vida minimalista y simple, saber dónde están los pequeños focos de ansiedad que pueden aparecer, donde está lo que parece un problema y es solo falta de organización y de creencias limitantes sin revisar. Todo internamente también empieza así a iluminarse y a entrar en su lugar.

¿Qué me ha pasado en estos 40 días y cómo ha sido esta experiencia? Aquí te expreso los 5 simples y gigantes cambios que me han sucedido. Tal vez te animes a dar primeros pasos. Esto es solo el comienzo para mí.

1. Tengo cajones, estantes y espacios vacíos. Y me encanta

Cuando empecé esto que se ha convertido en un hábito, -el de revisar y sacar a donar o botar-, ya estaba pensando que iba a “tener” que comprar una cómoda con cajones extras para organizar mi bisutería y otras cosas más, puesto que mucha estaba desordenada en una especie de “caja organizadora” abierta en uno de los estantes del mueble del televisor en la habitación principal. Yo estaba sintiendo la necesidad de quitar todo ese desorden de ahí, y cuando intentaba hallarle lugar en cualquier otro espacio, ¡todo estaba lleno! El closet lleno y los cajones del baño llenos, y en una mesa de noche ni siquiera me cabría todo eso, además de lo que usualmente uno introduce en los cajones de las mesas de noche.

Ah! Pero hablemos de la mesa de noche. Resulta que aunque mi pareja no es tan organizado como yo, sí tiene una actitud de tener pocas cosas, y en especial, muebles, ya que además volvió al país después de vivir como nómada varios años, y no necesita mucho, ni le importa. Yo, antes de vivir con él pasé por una etapa de mi vida en la que viví sin tantos objetos en un pequeño apartaestudio, después de la ruptura de una relación de pareja, que me dejó sin mesas de noche a cambio del sofá de la sala (algo así fue mi división de bienes), así que por un tiempo me acostumbré a dormir sin una mesa de noche al lado, pero recientemente, con el desorden ya antes mencionado y el closet lleno, empezaba a sentir la necesidad ardiendo dentro de mí, de una nueva y hermosa mesa de noche. Dos, en realidad, una a cada lado, con dos modernas lámparas, que le dieran a la habitación un toque decorativo digno de tablero de Pinterest. ¡Cómo se incrementan las necesidades!

Pues a finales del mes de Enero, algo volvió a picar dentro de mí. Este llamado de nómada frustrada que siempre he tenido, y que me hace desear fuertemente que la vida me quepa en una maleta. Observé a mi pareja y le dije; “no voy a comprar mesa de noche”, y ahí empezó todo. Para suplir “el deseo” de poner el celular más cerquita del alcance de la mano, (terrible deseo, ya lo sé, pero no nos mintamos, es la utilidad principal que nos ofrecen las mesas de noche hoy en día), entonces me traje una mesita auxiliar pequeña que había traído al apartamento mi compañero, y que era propiedad de una tía de él que al trasladarse de ciudad se la regaló. Una mesita vieja que inicialmente nunca pasó mi estándar decorativo y estético y tenía recluida en la habitación que ya se estaba convirtiendo de “chécheres”. Aclaro que somos dos personas en un apartamento de tres alcobas, dos baños, un closet grandísimo en la zona de ropas, una cocina estándar y una sala comedor muy amplia. No tenemos hijos ni mascotas, en una de las habitaciones yo tengo mi consultorio porque trabajo en casa, pero él sale temprano y regresa en la noche, ¿cómo es posible que ya tuviéramos un “cuarto de las cosas varias desordenadas”? Pero al traer la mesita a mi lado de la cama, y ponerle encima un portarretrato y una pequeña velita, por aquello de mi obsesión estética, ¡todo cambió! Me permití verla con buenos ojos, su función (la vergonzosa del celular) estaba siendo cumplida, y en últimas era tan pequeña que encajaba perfecta y no molestaba mucho.

Pero entonces ¿qué hice con la bisutería y todo el resto del desorden? Pues acordarme de Marie Kondo, si no la conocen búsquenla en google por favor al terminar este artículo. Me acordé de esta gurú moderna del orden que ha sido éxito en ventas de un libro que nos enseña a organizar la casa, deshacernos con amor de lo que no usamos ni necesitamos, y solo dejar en nuestro hogar lo que nos hace felices (una clave importante), pero yo además agregaría que dejo solo lo que me haga “feliz” o me aporte valor a mi vida. Además, Marie Kondo tiene un sistema maravilloso para doblar la ropa que hizo que con solo unos cuantos videos de Youtube yo ya hubiera saqueado mi closet, llenando varias bolsas para regalar, despidiéndome con agradecimiento de blusas y pantalones, y organizando perfectamente todo el resto de cosas, que ahora cabía en dos cajones, por lo que uno de los estantes del closet recibía, ahora con agrado, una caja “organizadora” también vaciada con solo lo esencial, de mi bisutería.

No pude parar; el resto es la misma historia con todos los closets, con el cajón del maquillaje, que pasó de ser un cajón a un estuche de viaje con el más básico maquillaje que necesito, y unas cuantas cremas para el cuerpo (que además ahora son todas orgánicas, pero eso va para otro blog). También pasó así con un closet lleno de “cosas varias”, con mi closet del consultorio y mi biblioteca, llenos de libros que ya leí y no voy a volver a leer, de materiales para dibujar o innumerables marcadores que ya no utilizo ni voy a utilizar, con cartucheras con lapiceros ya sin tinta, con papeles con dibujos y sketches, de los cuales la mayoría ya están digitalizados. Sin romanticismo ni apegos, pero tampoco sin su respectivo agradecimiento por cada cosa, me fui despidiendo de mucho, y eso que recuerden que yo siempre tuve menos cosas que muchas amigas que conozco. Pero el proceso también me enseñó que para hacer una verdadera limpieza se requirieron varias purgas. A veces dejaba una cosa pensando que sí la podría usar, o con culpa por no haberla usado tal vez mucho más, pero luego de dejar asentar esas emociones varios días, volvía a observarla allí, puesta en mi closet o mi cajón, y me daba cuenta que podía despedirme y dársela a alguien más que sí la usara. Así salieron algunas blusas y pantalones más elegantes dirigidos a mi hermana, porque yo soy realmente una persona informal, y mi trabajo como independiente en casa no me demanda cumplir ningún código de vestido.

El vacío empezó a llegar a mi casa, y a mi computador, y ya no tengo Facebook o Twitter o Pinterest en el celular, y aunque tengo muchas plantas, o me quedé con una buena selección de libros y materiales de arte, que a juicio de algunos puede que sea mucho en cantidad, pero para mí son las áreas de mi vida que me dan felicidad y creatividad, así que a diferencia del maquillaje que no pasa de diez objetos, mi estantería de libros y plantas todavía alberga mucho más. No es un juicio sobre lo que debe ser importante, o el número ideal para poder sentir que vives una vida simple. Se trata de no permitirte un exceso inconsciente, que uses todo lo que tienes porque sino no tiene sentido que te desprendas de dinero para tener cosas que no usas o no son necesarias, y se trata también de apoyarte en que cada aspecto importante de tu vida tenga un lugar –ordenado-, para que vivas en balance.

Siempre me ha gustado la paz del vacío, por eso practico meditación y mindfulness, pero mi vida estaba saturada, lo podía observar hasta en mis pinturas, llenas de color sin un solo espacio en blanco. Traer el principio de la simpleza japonesa a mi vida, me permitió reconectarme con la sensación de abundancia que se encuentra en el vacío. La abundancia que está dentro de mí, sin miedo a la escasez, volver a experimentar el soltar y así poder respirar nuevo aire. Ahora ya no permito la entrada de algo nuevo si no lo evalúo con detenimiento, y seguiré procurando la regla de 1/1, si un objeto entra, es porque otro ha salido.

2. Todo tiene un lugar y es fácil encontrarlo

En el proceso de organización de una vida más simple me parece que las ventajas de la eficiencia son innegables. Las culturas que trabajan en la disciplina y eficiencia tienen desarrollos importantes de los cuales podríamos aprender, pero a los latinos, siempre un poco espontáneos, desordenados y supuestamente más emocionales, nos parece que estas culturas son muy “rígidas” y las rechazamos. La verdad es que hay demasiada evidencia de que tener disciplina, orden y solucionar eficientemente cada problema de tu vida y tu trabajo, siempre será más benéfico para tu vida y tu salud. Tu sistema nervioso no vivirá en “modo estrés” o “modo supervivencia” sintiendo siempre el caos alcanzándolo.

Cuando en mi casa todo empezó a estar más ordenado –ya que de por sí mi pareja me consideraba ordenada-, fue más fácil guardar las cosas, volverlas a su lugar, y para mí se ha vuelto clave que cuando abras un cajón encuentres todo en la rapidez de un simple vistazo. Generalmente nos desordenamos porque en un cajón o un espacio introduces muchas cosas, así que siempre desordenarás metiendo tus manos para removerlas y encontrar lo que necesitas. Recuerdo que en mi casa materna nos pasaba eso, y era un desgaste energético y de tiempo encontrar las cosas, terminábamos llamando a mamá para que nos dijera dónde estaba todo.

Es eficiencia, eficiencia de movimiento, de energía mental y de tiempo. ¿No es eso salud mental?

3. Descubrí que no necesito nada más

Un día me senté a tomarme mi café de la mañana y tuve esta sensación de amplitud y gratitud, revisé mentalmente todo lo que había reconocido que componía mi casa, y por tanto cada área de mi vida, y tuve esta pacífica revelación: “no necesito nada más”, y me refería a la cuestión literal, no metafóricamente. Hace unos años yo era de las que hacía listas en el celular de todo lo que me faltaba; un pantalón blanco, una blusa verde, una chaqueta de invierno, unas copas de vino, un cojín más para la cama, etc, etc. Ahora, la que soy, es feliz viendo videos de youtube de “Capsule Wardrobes” y se sorprende graciosamente de cómo la gente empieza a mostrar cómo vivir con un armario de ¡treinta y tres prendas!

Pues bien, me regocijo en la no-necesidad de más objetos, más cosas que limpiar, más cosas que cuidar, más cosas que nos dicen que “necesitamos”, como mi mesa de noche. Me regocijo en ponerle un freno en mi puerta a la presión de una sociedad que quiere verte en la escasez, en la mentalidad de escasez para que siempre sientas que te falta algo y luego estés dispuesto a pagar mucho por eso, que te quiere lleno de créditos y deudas, cuando con poco, y cuidando lo poco, puedes vivir tan pero tan lleno.

4. Me relaciono con cada aspecto de mi vida con valoración

Lo anterior me lleva a este punto que quise resaltar aparte. Ahora me relaciono con cada aspecto de mi vida y mi entorno con una profunda gratitud y valoración. No hay tal acumulación que genere que se me pasen por delante mis objetos, mis actividades, mis tareas, mis hobbies, sin una gran valoración de lo que viene a aportar a mi vida. Realizo momentos de mindfulness diario agradeciendo cosas simples que me rodean, que he podido adquirir sin que ellas, –los objetos- me posean a mí. Entro en relación con cada parte de mi mundo, con la consciencia de su utilidad, pero sin la idealización del consumismo. No compro cosas por moda desde hace rato, pero es cierto que aún tenía muchos puntos oscuros que me hacían comprar sin una consciencia, sin un momento de mindfulness para evaluar su verdadera necesidad en mi vida. No necesitas cinco tablas de picar cuando viven dos personas, ni más de una docena de toallas, ni cuchillos y aparatos de cocina para cada cosa imaginable, ni esa blusa que ahora está en todas las vitrinas repitiéndose, y todas las otras mujeres están luciendo en la calle. Cuando te quedas con lo necesario, y lo que te aporta, la valoración de tu mundo cambia.

5. Empecé a escribir mi primer libro

Y éste es el último y más feliz de mis cambios. Finalmente, después de tantos años de tener el deseo de escribir un libro, y la pasión de la escritura corriéndome en las venas. Después de obviar mi compromiso con esto por miedo, de pasar de ser la adolescente que escribía y no lo mostraba a nadie por miedo, y luego lo destruía siempre encontrándolo poco valioso, después de muchas vueltas de autovaloración de mi misma que he dado en la vida, me desbloqueé. De pronto me vi sentada en mi mesa de trabajo, ahora casi vacía, desatrancando una parte de mí en forma de palabras, frases y capítulos de mi primer Ebook, que espero salga pronto a la luz. El minimalismo me trajo foco. Ponerle límites a los tiempos de las aplicaciones del celular, silenciar Whatsapp, no entrar tanto a Instagram, hacer más silencio, más meditación, volver a tener tiempo en un espacio vacío para encontrarme con el vacío de la página en blanco, me tiene escribiendo más en mi blog y en mi libro. Y esto, es un regalo invaluable para mí.

Me agradezco haber llegado hasta aquí, a este deseo de manifestar una vida simple y minimalista. Tal vez es mi natural afinidad con lo japonés, con la estética y el arte minimalista, pero si te sientes un poco saturado y crees que tu mochila puede ir más ligera, intenta empezar sacando, aunque sea un objeto de tu casa al día. Empezarás un proceso de limpieza muy especial que quién sabe a dónde te lleve.

Emma Sánchez

@esmindful

Publicado por Emma Sánchez

Mg. Psicología Clínica y Guía certificada de "Baños de Bosque" (Shinrin Yoku). Trabajo en construcción de resiliencia, autoestima y manejo emocional a través de la naturaleza, el arte, el mindfulness y el minimalismo emocional.

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