Por qué abrazar la incomodidad es psicológicamente sano

Mucho se escucha este consejo: “embrace the suffering”, abraza, acoge, acepta el sufrimiento como un paradójico remedio para la solución del mismo. Pero esta lógica que a simple vista parece irracional, requiere una explicación para muchos que pueden pensar “si me voy a tomar este remedio, explíquenme cómo diablos aguantarme el dolor, me va a curar de sufrir”.

Creo que ya muchos han reproducido las palabras de Buda, “el dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional”, pero todo esto suena a veces demasiado difícil de aplicar cuando estoy sintiendo un dolor emocional, un vacío en el estómago, una opresión caliente en el pecho, un nudo en la garganta, las manos temblorosas, la respiración tan agitada o corta que parece que me fuera a morir, los músculos tensos, y la cabeza gigante llena de pensamientos incontrolables a mil por hora. Estoy sufriendo! y esto no parece una opción para mí! Se me impone.

El cuerpo nos duele tanto física como emocionalmente. El cuerpo es el canal por el que experimentamos el mundo, y él nos da señales claras que son muchas veces irresistibles muestras de dolor. Pero el dolor, como ya lo sabía Buda, es una sensación, en cambio, nuestra manera de interpretarlo es lo que puede hacernos sufrir. Es decir, el significado del dolor define el sufrimiento. Pongámoslo así con un ejemplo del profesor Petett: un atleta puede aguantar el dolor como parte del juego o la competencia a la que se dedica, pero en cambio sufrirá si una herida lo discapacita o causa su salida del juego. Una persona que es herida intencionalmente e ignorada, sufrirá más que otra quien es herida accidentalmente y tratada con cuidado. Por lo tanto, si tenemos formas de interpretar la realidad que no contribuyen a nuestra adaptación a la misma, nuestro sufrimiento será insoportable y muy frecuente.

A mí me gusta jugar con la idea de un “sistema inmune emocional”, o un “músculo emocional”. Se las expondré así, imagínense que ustedes llevan varios días sintiendo muchísimo malestar, sus músculos están adoloridos, también sus huesos, no pueden respirar, tienen la nariz congestionada, una tos espantosa, se sienten débiles, el sentido del gusto bloqueado, los ojos llorosos, dolor de cabeza y una fiebre en aumento. No pueden ir a trabajar o estudiar, no pueden funcionar, pensar, su cuerpo está gritándoles por todas partes, y su mente se focaliza cada vez más en el dolor. Usted puede estarse imaginando que lo que tiene es una gripa o una virosis, pero otra persona con sus mismos síntomas, de pronto los considera más graves, y piensa que se contagió de “Chikunguña”. ¿Qué está haciendo su cuerpo? Se está defendiendo de un virus, las células que quieren matar ese virus están activas, pero todo su cuerpo está sintiendo esa revolución. ¿Qué está haciendo su mente? Está intentando protegerla, porque eso es lo que hace el cerebro, él quiere que usted sobreviva, está diseñado especialmente para eso, así que él le está obligando a escuchar su cuerpo, a cuidarse y también, puede estarle advirtiendo de mayores peligros, para que usted vaya al médico y tal vez se cerciore de tener un tratamiento. El problema es que si su cerebro está habituado a leer síntomas de dolor o falsas alarmas como algo realmente grave, usted va a vivir ansioso.

Ahora bien, dos personas van al médico. Ambas describen sus síntomas dolorosos, una está imaginándose una Chikunguña o hasta un posible cancer, la otra está pensando que es una virosis. ¿Cuál está sufriendo más? El dolor puede ser el mismo, las interpretaciones diferentes. Para la primera este dolor es más significativo, más paralizante, más angustiante y se lo imagina más duradero o hasta posiblemente incurable. Para la segunda, este dolor es una molestia más pasajera, incómoda pero solucionable, una dificultad que quiere dejar de sentir pero que no altera su sistema nervioso como tal. Y el doctor tiene la misma solución para ambas, les dice que es una virosis, que debe cuidarse, guardar reposo en cama, tomar muchos líquidos, remedios caseros, un poco de acetaminofén para controlar la fiebre y el malestar, y dejarlo pasar. El doctor sabe que el sistema inmune de la persona está actuando y se va a fortalecer y va a combatir adecuadamente el virus que tiene. La primera persona no lo tolera, quiere que le quiten el dolor YA, no cree que pueda resistirlo más. La segunda no sale contenta del consultorio, pero qué se le va a hacer, pasa por la farmacia, compra jarabes, cancela compromisos, se mete en la cama. Lo acepta. La primera refunfuña, se queja, habla del problema todo el día, pelea internamente con su propio malestar.

Ahora ha pasado la enfermedad, la primera persona le cuenta a todos sus cercanos el evento traumático que fue superar este episodio tan terrible. O puede -es muy probable- que los dolores le continúen, que no salga rápidamente de la enfermedad. La segunda, por el contrario, dos días después retoma su vida y obviamente tuerce los ojos contando que lo pasó mal, pero deja el tema hasta ahí, la vida sigue, y hoy tiene más defensas para resistir un tiempo sin enfermarse.

Sin entrar en el terreno ya muy investigado de la relación de las emociones con el sistema inmune, pueden darse cuenta que esta misma dinámica mente-cuerpo aplica para todo. También aplica para cuando se nos termina una relación de pareja, y muchos sentimos lo mismo en el cuerpo que una enfermedad, cuando me rechaza alguien que amo, cuando no me dieron el empleo que quise. Pero obviamente, es mucho más difícil de pensar cuando he sido víctima de un abuso, un atentado, el desamor de mi madre, la violencia de mi padre. La manera como interpretamos el dolor depende de nosotros, pero es que nosotros dependemos en gran medida de muchos otros sistemas. En nuestras familias se vive una forma particular de interpretación de la vida, y en nuestras ciudades, países, culturas también. La manera cómo interpretamos el dolor también depende de nuestras heridas antiguas, de cómo nos ayudaron a superarlas, a vivirlas, a expresarlas o a confiar.

Abrazar la incomodidad del dolor es un reto, como el del futbolista o atleta que comprende que el juego viene con todas esas caídas y raspones, y ataques o maltratos incluso de otros. El juego viene con frustración, con ilusiones que no se cumplen, con campeonatos que se pierden y pelotas que no entran en la portería. Pero el deportista quiere jugar, y lo acepta, y se reta, y se conoce en el dolor, en la resistencia, y confía en sí mismo para superarla.

Muchas personas asisten a psicoterapia desesperados, como cuando acudimos a urgencias hospitalarias, dicen “quíteme esto ya”, pero no se puede, y tal vez no se debe. Algunos terapeutas, u orientadores, en su propia inexperiencia, -o ego de salvadores-, puede que se apuren a querer darles excesivos direccionamientos para que dejen de sufrir. No voy a negar que mantener la claridad sobre este punto es muy difícil para un terapeuta, y lo ha sido para mí. Puede que los terapeutas muchas veces digan algo como “deberías considerar hacer x o y”, pero la persona puede que aún no esté lista, que necesita sentir un poco más, así como la persona con virosis necesita también superar la fiebre, para salir de allí transformada por ese momento de duro aprendizaje, con un nuevo “sistema inmune emocional” fortalecido, mientras al menos, siente la compañía del terapeuta, el optimismo, la fe que le da, como un buen entrenador a un deportista, para que aguante un poco las patadas del partido, pero no se desconcentre de su objetivo. La gente es más fuerte de lo que cree, y muchos solo necesitamos alguien que crea en nosotros, y así sanamos de verdad.

Emma Sánchez

Psicóloga Clínica

Publicado por Emma Sánchez

Mg. Psicología Clínica y Guía certificada de "Baños de Bosque" (Shinrin Yoku). Trabajo en construcción de resiliencia, autoestima y manejo emocional a través de la naturaleza, el arte, el mindfulness y el minimalismo emocional.

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