Crear un “Nosotros” poderoso. Un baile de coordinación

“No hay otro equipo humano que contenga la riqueza de espacios vivenciales y conductuales como el mundo de pareja. Resulta coherente, entonces, que aun cuando sea una aventura de alto riesgo, igual nos aventuremos. Hay rocas, hay grietas, hay caídas y dolores. Pero si lo logramos, la fuerza que adquiere esa díada no es comparable a equipo humano alguno, y los niveles de excelencia que alcanza en los espacios de acoplamiento son también excepcionales. La increíble potencia de la relación”. (Coddou y Méndez, La aventura de ser pareja)

Las personas seguimos insistiendo en formar pareja a pesar de que cada día más parejas se separan. Continúa siendo poderosa la necesidad del amor y del amor que se vive de cierta manera: la de la conformación de un núcleo de dos que se acompañe en los avatares de la vida. Y creo que en gran medida esto sigue sucediendo porque el ser humano encontró en esta configuración algo muy poderoso, algo que reproduce el vínculo esencial que le permite desarrollarse. Sé que, como todo, la manera en cómo entendemos lo que es ser pareja también se va transformando y es objeto de continua revisión, pero el interés y deseo de construir un vínculo con otro, que prime en el tiempo y que satisfaga algunas necesidades emocionales muy importantes que tenemos como individuos, persiste en nosotros y es motivo de las más grandes alegrías así como de los más intensos sufrimientos.

La cuestión es que crear una relación de pareja implica la coordinación desde un “nosotros”. La relación de pareja es una elección de compromiso que se espera se realice desde la emoción del amor, con un otro con el que se desea crear un equipo para toda la vida. Y además, se espera que sea un par, alguien con quien no se den dinámicas de dominación ni de sumisión. Pero este equipo, como todos, tiene una secuencia de coordinaciones integradas y la misma relación requiere que sus miembros le estén dando forma continuamente, llevándola a nuevos niveles.  

Ahora bien, el proceso de acople (y desacople) con el co-equipero de la pareja es un proceso que siempre me ha parecido muy interesante, y que como mujer he vivido (y sufrido) de variadas maneras, y como terapeuta he escuchado las más inimaginables formas. Están desde las parejas para las que el acople y enamoramiento fue instantáneo en ambos y como un torbellino intenso en que las piezas parecieron encajar perfectamente. Están las que alguno de los dos quería acoplarse al otro en un ritmo diferente, con un nivel de intensidad diferente, los no correspondidos, a los que los miedos les hace zancadilla, etc. Y sin embargo, las características del proceso inicial de acople no son garantes de un resultado exitoso o frustrado de la relación de pareja. Es decir, no se separan menos las parejas que se acoplaron instantáneamente o se separan más las que tuvieron dificultades iniciales; en muchas ocasiones incluso es al contrario, pues las del segundo grupo pudieron haber aprendido a conocerse realmente mucho más rápido en las dificultades y por tanto crear una mejor coordinación.  Es interesante porque qué más deseado que un acople perfecto, inmediato y además inolvidablemente intenso. Ay! Cómo nos gusta esa especie de vida telenovelesca, de cuentos de hadas, de media naranja. Cómo nos encantan los actos de perfección, tanto como los de magia.

Pero y cuando tengo ganas de comer y el otro no tiene hambre; cuando tengo frío y el otro está acalorado; cuando me gustan las películas francesas y el otro quiere ver hollywood! Y no solo es es la perfección del acople en el baile con el otro; en el “baile relacional”, no es la sorpresa de ser tan distintos. Sino que además quiero que el otro sepa sin tener yo que decir nada. ¿No nos dijeron que era así el amor verdadero? O sea, un salto en el vacío. Desde la perfección del acople me surgen ganas de un salto mortal, como dicen Coddou y Méndez, dos terapeutas de pareja chilenos: “espero que el otro se me meta para adentro y sepa lo que yo quiero, pienso, me gusta, me disgusta. […] Pero si le digo… no es gracia. Si no sabe, si no se ha dado cuenta, no me quiere lo suficiente. Quiero a otro mago”. Esta especie de adivinación del pensamiento que queremos en la pareja, obedece a una añoranza infantil. Piénsenlo y verán que se parece al deseo de tener una madre que reconoce si el sonido de su bebe es de hambre, cólico, sueño, mamitis, o caca. Esperamos que la pareja interprete el lenguaje analógico (corporal, de acción) con la precisión del digital (verbal), y como bien lo señalan estos terapeutas; “sin cordón umbilical!”. Y así andamos creyendo que amar y ser amad@ implica que el otro me mira y me sabe y me lee, como si la vida pudiera ser un acople espontáneo, y el amor un acto de perfección.

Pero a ver, hagamos un duelo a esa idea y desprendámosla de la misma raíz que nos tiene enfermos en todos los ámbitos de la vida. Queremos ser sin mancha, perfectos, vivimos inseguros de nuestros pasos, queremos el trabajo soñado, que se acople, las relaciones de amistad y familiares perfectas, y no nos hemos dado cuenta que tal vez lo maravilloso del amor es el vértigo del cambio posible, el no saber. “¡Donde había un amarillo de repente aparece un morado!”. Pero el respeto a lo misterioso es la cosa más desconocida que tenemos como sociedad; es más, el respeto a mi propio misterio. Puede que hoy tenga ganas de contarte de mí, de dejarme llevar por mis ensoñaciones de futuros posibles, de mis emociones hacia ti, y ayer estaba en silencio, solo tuve monosílabos mientras preparaba el café y el desayuno. El cambio mío y el cambio tuyo se vuelven un objeto misterioso que nos da pavor. ¿Por qué hoy amaneció tan callado mientras que anoche no paraba de hablar?. Pero, ¿y si ambos nos invitamos en nuestros cambios, yo te pido, tu me pides?. ¿Si asumimos que al estar juntos iniciamos todo el tiempo caminos desconocidos?, tan nuevos que tienes que mostrarme cada curva y cada hoyo del camino para no caerme.

La curiosidad de no saber, el alerta de un decir, de asumir el infinito que somos.

“Te invito a armar mundos nuevos, un pedazo mío, un pedazo tuyo y un mundo nuestro,

     Que a veces el ronroneo interminable de caricias solas

     Que a veces la fuerza y la pasión de hacer el amor

     Que a veces la sola contención de la angustia

     Que a veces tu mente práctica y ordenada haciéndonos el preciso dibujo requerido.

La coordinación en el lenguaje, una coordinación de amor” (Coddou y Méndez)

En el lenguaje vivimos, y no me refiero a que comunicarnos en el lenguaje sea circunscrito sólo al acto de hablar; la comunicación es un proceso completo, en donde los actos muestran fuerza y las palabras dan sentido. Al coordinar una comunicación completa, ayudo a coordinar el amor y valoro y respeto las emociones y necesidades mías y de mi coequipero, construyendo así un “nosotros” sumamente poderoso. Y poderoso puede que sea mejor que “perfecto”.   

Por Emma Sánchez

Publicado por Emma Sánchez

Mg. Psicología Clínica y Guía certificada de "Baños de Bosque" (Shinrin Yoku). Trabajo en construcción de resiliencia, autoestima y manejo emocional a través de la naturaleza, el arte, el mindfulness y el minimalismo emocional.

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