La ansiedad de status. Deseo de ser otro

“El sentimiento de que podríamos ser otro y no el que somos, generado por los logros superiores de aquellos que tomamos como iguales, nos provoca ansiedad y resentimiento”

Alain de Botton

Este artículo trata sobre la sensación de escasez, el discurso de carencia, esa obsesión que se filtra por los ojos y embota el cerebro de casi todas las personas de esta generación y cultura.  ¿Han sentido ustedes ese cosquilleo profundo cuando alguno de sus conocidos tiene un mejor apartamento, un mejor carro, se viste con el último grito de la moda que usted se quiere comprar y no ha podido? ¿O ha sentido esa pregunta obsesiva sin respuesta que dice por qué el otro está mejor si yo también lo merezco y he hecho todo mi esfuerzo? Esa tentación ardiente de tener más, esa obligatoriedad de tener más, porque incluso si usted no quiere más, de admitirlo lo mirarían extraño en la oficina, y lo podrían considerar una persona de “poco empuje”, e inmediatamente usted adolecerá de esa “ambición necesaria” para ser un triunfador a los ojos de todos. Pues bien, es la angustia existencial del mundo de hoy: “la ansiedad de status”.

Alain de Botton, un pensador de la vida cotidiana lo analiza señalando que “en las sociedades avanzadas nos pagan salarios elevados que aparentan hacernos más ricos, pero en realidad el efecto red puede estar empobreciéndonos, al alentar en nosotros expectativas ilimitadas y mantener abierta la brecha entre lo que queremos y lo que podemos afrontar” Ahora bien, no vamos a negar, ni De Botton ni yo, las ventajas innúmeras de la civilización ambiciosa, del deseo humano insaciable y de su increíble maquinaria cerebral que hay que explotar y desarrollar.  Pero es desconcertante la manera en que estas ventajas creadas por el ser humano van de la mano con el incremento de la “ansiedad de estatus”, siendo ahora más importantes que nunca el reconocimiento, el logro y las ganancias.

Si lo miramos con detenimiento estamos llenos de furor mediático por las historias de éxito de los grandes multimillonarios, que son unos pocos comparados con todas las historias de fracasos, angustias y sufrimientos de los que también intentaron serlo. Estos discursos inspiradores son necesarios, pero De Botton, señala algo que a mí como psicóloga me parece más que cierto; “esta sociedad ha vinculado ciertos recompensas emocionales con la adquisición de bienes materiales”, y pues bien, no son los bienes materiales lo que queremos, sino estas recompensas en afecto.

En esta época de grandes cambios tecnológicos, para este autor, el aspecto más extraordinario de la escena del trabajo tal vez esté en el fin psicológico, como dice De Botton “tiene que ver con nuestra actitud hacia el trabajo, y más específicamente con la amplia expectativa de que el trabajo puede hacernos felices y ser el centro de nuestras vidas”. Y aunque parezca sorprendente, este concepto es nuevo. En la Edad Media el trabajo era una esclavitud hasta que genios creativos del renacimiento como Leonardo Da Vinci mostraron que podía ser mejor hacer un trabajo extraordinario que ser un aristócrata ocioso. La pregunta que introduce este autor es: ¿si el centro de su bienestar y satisfacción personal está en su trabajo, qué hace cuando lo despiden, o se siente insatisfecho?.

Algunos dirán: pero ¿qué sería de nosotros sin nuestras expectativas de logro?. Yo los entiendo pues soy de las que considero que el trabajo me da una felicidad importante, sin la cual mi existencia se vería con su sentido un poco a la deriva, también soy de las que busca ser productiva y le da satisfacción los resultados exitosos. Pero el cuestionamiento cultural es tal vez éste: ¿cuál es el logro que estamos buscando? ¿Qué las personas sean felices creando y produciendo obras extraordinarias como Da Vinci, o que las personas sean felices escalando los peldaños estructurados por la cultura ambiciosa de beneficios económicos? Porque seamos sinceros, y como plantea De Botton, “La probabilidad de alcanzar hoy el pináculo de la sociedad capitalista es sólo marginalmente mayor de lo que era hace cuatro siglos la posibilidad de ser aceptado en la nobleza francesa, aunque al menos la era aristocrática era más franca, y por lo tanto más amable acerca de las oportunidades”. Hoy la gran mayoría de las personas que ingresan a un cargo en grandes organizaciones, no consideran su labor como suficiente, y por tanto ser CEO es un título deseado como ser el macho alfa en las comunidades de primates.

Y ustedes dirán en este punto: ¿Acaso ser competitivos no es propio de nuestra naturaleza humana?, sí, pero también ser colaborativos. Sin la colaboración nuestra especie nunca hubiera llegado a ser lo que es hoy. Y hoy la competencia es aún más dura pues la actitud de éxito tiene que traslucirse a toda costa en muchos mínimos detalles y en todo momento; desde la sonrisa permanente, la alta jovialidad, el discurso que muestra los conocimientos en los primeros diez minutos de conversación, la extroversión sin tacha, y por supuesto una ostentación de bienes materiales propios de las personas del estatus superior. Pero insisto, todo este cambio en la actitud del ejecutivo puede verse como algo positivo, incluso ha centrado el interés en cambios de paradigma del liderazgo, pero corre el riesgo de que el liderazgo de nuestro mundo actual no sea sino una moda impuesta, como el vestir de tacones o corbata para aparentar competencia organizacional. El liderazgo de nuestro tiempo y la consciencia corporativa, desde mi punto de vista, debería ser el liderazgo que permita desarrollar en las personas esa felicidad por la creación y no esa insatisfacción por no haber logrado aun los beneficios del superhéroe de nuestro tiempo.

Hoy nuestros líderes, grandes ejecutivos sufren de ansiedad, depresión, problemas familiares, falta de tiempo para compartir con sus familias, burn-out, y del famoso síndrome del “workaholic” que lo obliga a sentir que nunca es suficiente, permitiendo que el trabajo; esa felicidad central de su vida, se le filtre por la puerta de su casa, y se instale como una invitada que llegó para quedarse en la cama matrimonial y en la habitación de los hijos. ¿Acaso eso no es un precio muy alto por los altos beneficios del estatus deseado? ¿No es un obstáculo a la tranquilidad mental necesaria para hacer algo extraordinario? ¿No es esa una escasez, una sensación de carencia susurrando angustiada al oído y muy costosa de mantener?

Por Emma Sánchez

Todas las citas provienen del artículo “Encuentro con la verdadera identidad”, Laura Babini, Wobi Magazine, Agosto-Septiembre 2013.

Publicado por Emma Sánchez

Mg. Psicología Clínica y Guía certificada de "Baños de Bosque" (Shinrin Yoku). Trabajo en construcción de resiliencia, autoestima y manejo emocional a través de la naturaleza, el arte, el mindfulness y el minimalismo emocional.

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