La felicidad es más útil

Hace algunos años yo era una estudiante de psicología con una risa escandalosa, con algo de buen sentido del humor, pero con una tristeza que de cuando en cuando me acompañaba silenciosa como si llevara una bacteria pegada a la piel. Cada cierto tiempo sentía como si estuviera terriblemente enferma, ¿de qué? enferma de tristeza, de ansiedad, de expectativas vs. realidades, de miedos a fracasar, de afanes, de nostalgias. Luchaba constantemente en una batalla agotadora para no dejarme “deprimir” en el sentido del real diagnóstico, no de la palabra coloquial.

Bordear los límites de la depresión es un recorrido tortuoso en donde la persona se siente encapsulada en sí misma y en situaciones apesadumbradas, conflictivas, enredadas. Mis sentimientos parecían una maraña y mi cabeza era como un cubo de concreto; rígida. Un día alguien frente a mí hizo una metáfora, y tal vez fue la suavidad con la que la expresó, o tal vez que pude conectarme con los elementos visuales de dicha idea, pero sentí que me tocó. Ella dijo que sentía que la tristeza era como un planta, y que las personas en ocasiones nos encargábamos diariamente, de manera ardua y comprometida, a regarla y -aunque parezca paradójico-, cuidarla todos los días. Después de un momento, me hice la pregunta: ¿cómo estaba yo regando esa planta? hasta el momento, mi queja más frecuente era que el mundo era una inmensa fuente de agua que regaba el árbol de la tristeza y ya lo tenía gigante, imposible de talar. Pero ese día no tuve ya ganas de preguntarme por las ataduras de mi pasado que determinaron mis experiencias tristes, ni analizar la relación con la madre, o con el padre, o lo que se haría en cualquier terapia tradicional; sino que me pregunté por el hoy, casi como el condenado a muerte que se dedica a simplemente respirar y vivir cada momento uno por uno. Lo gracioso fue que en vez de condena, me estaba salvando. Estaba modificando el curso de mi cambio. Esta vez no estaba siguiendo el típico y supuestamente “lógico” plan de analizar las emociones, comprenderlas, indagar de dónde vienen, para ver si luego sí me sentía diferente y así poder echar a andar, sino que ese día, sencillamente pensé en la acción de regar, de dejar de alimentar esa boca hambrienta de la tristeza.

Y así empecé a hacer otra cosa con mi cabeza. Antes, cada noche me llenaba con todos los recuerdos negativos del día, las expectativas no cumplidas en la vida, la comparación del éxito de otros, la ansiedad y el miedo a no ser suficiente. Cada mañana le daba de desayuno a la tristeza todo un noticiero de frustraciones por no vivir en el mundo inteligente que yo querría.

Es decir, cada día de mi vida yo elegía mis pensamientos adecuadamente para hacerme la persona más infeliz posible. ¡Y estuve cerca del éxito!

Entonces, me dediqué a observar mi tarea de alimentar mi vida como la de un agricultor que sabe cómo arar la tierra, cuánta agua regar, cómo preparar el terreno, en dónde sembrar qué, y cuánto debe esperar para recoger sus frutos. Volví a lo básico, no importa si el terreno estaba seco y dañado, yo iba a ser mi agricultora y ningún supuesto “vacío” que no elegí iba a impedirme volver mi campo tan verde como a mí me diera la gana (vino un poco de rabia, pero de esa luego les cuento). Ese día empecé a elegir mis pensamientos cuidadosamente, y por supuesto que no fue cosa de un abrir y cerrar de ojos, pero con solo una pequeña acción diferente en la que yo invirtiera mi mente en la noche, ya algo de la planta que antes me devoraba parecía más marchito.

Pues como todo, con el tiempo da frutos, y los que recogí fueron maravillosos porque me permitieron darme cuenta de que yo tenía poder, y ese espacio de poder personal, de dignidad humana hace que la sonrisa sea más honesta y deje más satisfecho al corazón. En ese momento, cuando recogí mi cosecha me dije a mí misma en voz alta y sorprendida como quien encuentra un tesoro: “la felicidad es más útil”, y por eso desde ahí, lo que elijo para alimentar mis emociones son los pensamientos más útiles que pueda. Nunca lo había pensado así, ¡nunca había sido tan utilitarista!.

Ahora me sirve preguntarme si mi pensamiento es útil, si mi emoción me enseña algo, si mi “fracaso” es mi maestro. Y lloro también, como cualquier ser humano, y me enojo, y pienso negativo, y no hago afirmaciones positivas frente al espejo (soy psicóloga, no autor de autoayuda). Simplemente tras un café conmigo misma, me siento en el escritorio y dibujo, o en el caballete y pinto, o llamo a una amiga y me como un postre, o juego, o duermo, o hablo sola, o bailo, o me echo labial, o pido un abrazo, o escribo un diario, o me tomo una cerveza. Siembro, siembro cosas en un campo del que luego brotan frutos. Salgo de la cápsula y me agarro a la tierra. Riego mientras voy respirando, y así algo termina por hacerme reír, y de nuevo me digo que “la felicidad es más útil”.

Emma Sánchez & Laotraemma

Ms. Psicología Clínica

Publicado por Emma Sánchez

Mg. Psicología Clínica y Guía certificada de "Baños de Bosque" (Shinrin Yoku). Trabajo en construcción de resiliencia, autoestima y manejo emocional a través de la naturaleza, el arte, el mindfulness y el minimalismo emocional.

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