El valor propio como el valor del arte; un juego de ojos

El juicio hace parte integral de nuestras vidas y tal vez no deberíamos juzgarlo como bueno o malo. Es una de las características humanas que ha hecho del hombre lo que es; el ser humano debió juzgar y evaluar su realidad para reconstruirla, crear, inventar e incluso para salvarse de múltiples peligros. Nos compone la capacidad de juicio y nos destaca en nuestra evolución como especie. De esta capacidad se desprende además el auto-juicio, la evaluación puesta en dirección a nosotros mismos y nuestro comportamiento que nos lleva al aprendizaje. El ser humano puede observarse a sí mismo y corregirse para llevar una vida mejor, para transformar su medio, para aprender a sobrevivir. Así que podemos juzgar nuestra capacidad de juicio como algo sumamente bueno y necesario.

Sin embargo, ¿por qué vivimos tan agobiados por el juicio, el de los demás y el de nosotros mismos? Parece que el juicio también hace sufrir, nos roba tranquilidad y seguridad, hace que nos comportemos de forma tensa y atenta al gesto o la mirada del otro, ante cada expresión de nuestro ser. Nuestras conversaciones internas están plagadas de juicios fuertes como si regañarnos fuera la mejor forma para cambiar, y además, muchas veces, con rabia inconsciente también participamos del contagio del juicio y nos lanzamos a evaluar cada acto de los demás, desde nuestros lentes de la realidad, sentenciándolos como actos buenos, malos, malintencionados, bienintencionados, feos, bonitos, o ridículos. Y de pronto, es como si la posibilidad del “buen juicio” se nos hubiera esfumado en las narices para dar paso a un humo intoxicante de “mal juicio” que nos convierte poco a poco en seres paranoicos de la valoración de los demás y en frágiles avaladores de nuestro valor personal.

El “mal juicio” que nos convierte poco a poco en seres paranoicos de la valoración de los demás y en frágiles avaladores de nuestro valor personal

Pienso en el juicio constantemente cuando escucho las narrativas de mis pacientes, pero también cuando observo que me ha costado mucho irme quitando de a poco mi impulso por juzgar rápidamente, porque si no lo hubiera hecho no podría ser psicoterapeuta, pero además porque he descubierto cómo este ímpetu evaluativo, demasiadas veces innecesario, nos sume a todos en la inseguridad y el descontento, afecta las relaciones con los demás y con nosotros mismos. La autocrítica, autoexigencia y la dificultad de autoestima que hoy en día casi todos sufrimos, son ejemplos del desborde que ha tenido en nuestras vidas la maravillosa capacidad humana del juicio. Ante la mirada de los demás corremos avergonzados, y en realidad no importa que estemos en la era de publicar nuestras vidas enteras por internet, aún estamos acosados de bullying y vergüenza interna.

Pienso en el juicio también en mi consultorio cuando invito a hacer arte y la expresión primera de muchos clientes, sobre todo adultos, -aunque también algunos niños con el ojo del autojuicio ya desarrollado a temprana edad-, es la de mirarme como apenados excusándose por las “vergüenzas” que creen que van a hacer cuando dejen rodar el lápiz sobre la hoja en blanco, y decirme: “no sé dibujar”. Yo los tranquilizo diciéndoles que no hay que “saber” como un experto y que aquí, (en la sesión de arteterapia), no se va a evaluar su saber. El malestar que ellos sienten consigo mismos en ese breve momento, que a algunos les dura más tiempo que a otros, yo misma lo experimenté también por muchos años y lo podría describir así: es la ansiedad oculta de no saber cuál es mi valor ante el ojo evaluativo del otro.

Me gustaría verlo de esta manera. Pensemos en cuando vamos a un museo de arte. Somos espectadores de galerías y galerías de las mejores obras realizadas por artistas consagrados, que una comunidad entera de expertos considera por el título de “artistas” y que además avalan como piezas maestras que merecen comprarse por millones y exhibirse y cuidarse en museos destinados a guardar lo mejor de la humanidad. Y nosotros, espectadores inexpertos pasamos intentando llenar el ojo de colores, imágenes, texturas, y hasta alcanzar algún suspiro, instruirnos sobre arte con las audioguías, o lanzarnos confiados a hacer una interpretación silvestre sobre la obra y la intención del artista. Sabemos que algo quiere transmitir, que por algo alguien lo puso allí para nosotros, que algo debe significar. Pero en el proceso de juicio, ¿Qué le da su valor a la obra? El veredicto del espectador, ¿Qué le otorga valor para mí? Razones subjetivas, para los ojos de inexpertos espectadores; razones supuestamente objetivas y estudiadas, para los ojos de expertos críticos.

¿Somos todos como obras en museos? Frágiles pinceladas de colores y sombras puestas bajo el reflector bien dispuesto de luz para la mirada de los demás. Estamos atentos a la mirada de los espectadores que pasan y pasan evaluando la obra. A algunos los atrapamos con nuestro brillo o nuestra oscuridad, los hay que pasan de largo, y de esos, algunos nos importan, otros no; pero los que se quedan para despreciarla por no encontrar su valor, esos nos duelen más. No obstante, lo que muchas veces olvidamos es que somos obras con un espejo enfrente, que nuestra propia capacidad de juicio nos permite observarnos y valorarnos… o devaluarnos. ¿Desde qué ojos de qué espectador te estás juzgando hoy?

Publicado por Emma Sánchez

Mg. Psicología Clínica y Guía certificada de "Baños de Bosque" (Shinrin Yoku). Trabajo en construcción de resiliencia, autoestima y manejo emocional a través de la naturaleza, el arte, el mindfulness y el minimalismo emocional.

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